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sábado, 18 de junio de 2011

Sulkemalla Ovet (Cerrando puertas)






                     Es tremendamente curioso como unos gestos cambian de un contexto a otro. Como cosas simples, cotidianas, que has hecho sin pararte a pensar una y otra vez día tras día, a veces son más complicados, como si se tuviera que invertir un esfuerzo superior para realizarlas. Hoy he cerrado la puerta de mi piso por última vez y la puerta pareció que pesara el triple, como de haber estado viviendo en una cámara acorazada. Dentro se han quedado las risas, las noches, los momentos, los susurros, los fríos, las depresiones y el compartir de un inmenso aprender que ha sido Finlandia para mí. Dentro se han quedado las añoranzas e ilusiones de dos mundos diferentes y a la vez cercanos. Así, mi habitación se convirtió en un amplio cubículo cual compartimento estanco. Nada entra ni sale sin control previo. Era un punto intermedio donde digerir este mundo hostil y donde no terminar de olvidar el mundo del que venía. Un subuniverso en el que protegerme de la frialdad finesa a base de frialdad propia. Ahora me cuesta realmente entender porque lo hice así pero durante mucho tiempo habitación era muy parca en decoración. Nada propio. Paredes blancas y vacías en las que solo se veía algo de humanidad en un pingüino de peluche como amuleto y una minifigurita de Athletic que mi padre se empeño en que tuviera. Nada acogedor, lo suficiente para forzarme a salir a ese mundo blanco para hacerme un sitio, integrarme y no enquistarme en esas cuatro paredes. Hoy cuando he recogido mis cosas y he almacenado lo que no me llevaría la montonera era colosal. Un sofá, dos lámparas de noche, una alfombra, fotos impresas en folios, posters, una cortina… he terminado apreciando mi vida aquí.



             He tenido tiempo para hacer balance. Para recordar todo lo vivido e integrarlo, para no olvidarlo. Durante las casi cuatro o cinco horas que me ha costado limpiar todo el rastro de mi permanencia aquí todo eran recuerdos. Es acojonante como tu cerebro puede asociar tantos recuerdos a tan ingente mierda. Que si esta mancha es de la última fiesta, que si estos calcetines que creía perdidos se los tiré a no sé quien para hacer la gracia… etc. Y sin querer, dejándote llevar, evocas tantas y tantas veces que has limpiado después de una fiesta, de una cena o simplemente porque el hijo de la gran Hungría, como siempre, seguía haciéndose el Sueco. He repasado tantas confidencias con Sabine en el sofá, la silla de la verdad con Patri, los cafés con Olivia, las conversaciones de blondies con Thibault aprovechando que la manada subía al feudo catalán, la creación de cerveza con Iván… ¡Cuantos momentos!



                  El día empezó denso, amargo. Cuando desperté una lluvia lenta pero persistente regaba todo Pori. De éstas que al principio no molestan del todo pero que abotaga tu mente y minan tu cuerpo mientras caminaba hacia la universidad en busca de terminar con la burocracia académica. Al terminar nos tocaba despedir a la que ha sido una de las personas más importantes en mi estancia aquí: Patri. Se fue serena, impertérrita pese a la lluvia, pese a que la checa no paraba de llorar y pese a que, como Iván, era una de las que no tenía sensaciones contradictorias, no quería volver. En Madrid se la esperaba con alegría, familia y amigos la iban a dar la bienvenida de nuevo, tras ello un sinfín de celebraciones entre examen y examen… y vuelta a la rutina. El mayor de los temores de la mayoría y, a la vez, una losa demasiado grande para algunos como Patri quien, desde su prisma rebelde veía en el extranjero un idílico paraíso donde no pensar en injusticias políticas o, como decía ella, en nuestras mierdas. En Finlandia sus mierdas, las suyas propias, se basaban en agotar sus innumerables horas muertas en el zulo. El 414 de etappi pronto se convirtió en el zulo de todos y de nadie. Un mundo subversivo y paralelo donde el rey era Facebook y su subalterno el tabaco. Patri nunca cocinó en todo su Erasmus, nunca se hizo la cena pero tampoco se saltó su dieta. No fue una cuestión de tacañería, más bien fue una cuestión de parasitismo simpático y entrañable. Amiga de todos pero propiedad de ninguno, sin hacer demasiado ruido, a poquitos, sin dar más voces que su histérica risa se ganó el corazón de todos.



            Pocas horas después le llegó el turno a las catalanas. Arian y Olivia. Un dúo engranado perfectamente, equilibrado, sobrio y loco al mismo tiempo que fue durante todo este tiempo mi verdadero hogar. Olivia fue mi madre aquí. Poco importaba que fuese menor que yo o que me auto erigiera siempre como sensato consejero: era ella la que siempre, desde su serenidad inocente, me aconsejaba a mí. Una catalizadora perfecta de impulsos y pasiones que siempre ha tenido una sonrisa o palabra amable. Arian fue la revolución. Un torbellino imparable de alegría y desenfreno, una pasión de incontinencia verbal y gestual que se chocaba brutal y continuamente contra mí. Me encantaba. Podríamos habernos pasado horas argumentando y reargumentado para acabar repitiéndonos el uno al otro agotados de nosotros mismos. Juntas formaron el feudo catalán. El 212 de etappi fue un lugar donde acogerse, posada de muchos y segunda casa de otros. El lugar perfecto para una buena conversación, un café a media tarde o un excelente cena el resto de las veces. Un lugar donde estar, ver pasar las horas y darse cuenta allí uno estaba en casa.



                 Su marcha fue algo peor. La checa desconsolada ponía la banda sonora a lo que el resto pensábamos: ahora sí, esto ha llegado a su fin. El vacío de lo catalán era demasiado grande como para obviarlo, todos teníamos ya fijada nuestra hora. Finlandia se había acabado. Al día siguiente se iría la checa, no sin lágrimas una vez más, y yo me trasladaría a casa de Iván a pasar mis últimos días antes de coger el avión que me devolviera a casa.



                Como he dicho al principio me costó mucho cerrar la puerta a las once de la noche de un día tan emotivo. Aún sigo aquí mirando como un idiota al 116 de etappi sin saber muy bien si entreabrirla o dejarla cerrada para siempre. Miró la cerradura y me devuelve la mirada con una sonrisa coqueta de quien no se cree que nunca la vayas a mirar más. En derredor las antiguas habitaciones de tantos otros compañeros, las escalinatas de medio caracol, el lúgubre pasillo y la doble puerta que da hacia la calle. Son las once y media de la noche y el día aun produce sombra tras mis pasos. Con gesto firme y mirada melancólica encamino hacia ese sol que no termina de ceder y ponerse. La página ya ha tornado en el libro de mi vida aunque me resista a saltar de línea en línea en busca de textos pasados.

Perintö (Herencia)

          Los momentos finales de alguien durante el Erasmus son intensos. Un contraste de emociones y de pensamientos interrumpidos por la rutina del resto del grupo. Todo el mundo sigue teniendo que ir a clase, a prácticas, de fiesta… y todas estas rutinas se mantienen salvo para una cosa: las herencias. Quizá no puedas despedirte de alguien porque tienes clase o puede que te despidas la noche anterior porque saldrás de fiesta y te da una pereza terrible madrugar con la resaca pero siempre, absolutamente siempre, podrás hacer un stop en tu en tu vida para saquear la casa del prójimo.


           Recuerdo la primera vez que me convertí en uno de esos buitres. Se marchaba una de las escocesas, Megan. A penas había tenido relación con ella, sin embargo, mientras llorosa me repetía lo bien que se lo había pasado y todo lo que echaría de menos yo no paraba de preguntarle si podía coger esto o aquello. Y ella con los ojos en lagrimas, entre abrazos, me iba dando uno tras otro platos, vasos, cuchillos, una tetera (no bebo té), fuentes para el horno, algo de comida, algo de cerveza… etc. Era como un buffet libre, si nadie lo había reclamado primero ya tenía dueño: yo. Supongo que es ley de vida. Ella nunca más lo iba a utilizar y para que la compañía arrendadora se lo quedara ¿Qué mejor que dárselo a un compañero? Así que cual escuadrón de la muerte todos nos íbamos acercando a coger lo que nos era útil o simplemente lo que nos convenía. Todos mostrando nuestro pesar por su marcha (aunque en realidad que se fuese la escocesa a mi no me afectó lo más mínimo) en un juego en el que ella misma sabía que muchas veces era un simple formalismo educado y que ella tampoco nos iba a echar de menos a todos. Así era mucho más fácil saquearla y sobre todo para ella era más fácil marcharse.



         De esto modo al irse uno tras otro, en mi caso, pasé de tener un mobiliario escaso a parecer de verdad una casa. Cuando llegué sólo tenía un plato, un vaso, un tenedor, una cuchara y un cuchillo. Cuando me fui, no solo tenía una de las vajillas más completas de la residencia sino que tenía, además, dos bicis, dos colcones, una mesita de noche extra, tres lámparas de mesa, una alfombra y un sofá entre otras muchas cosas. Una de las herencias más curiosas que recibí (junto con la del sofá que me dio la vida) fue una llave que abría una taquilla en el sótano de la residencia (que no sabía ni que existiera) donde unos italianos que allí vivieron hace unos años legaron su herencia. Lo más curioso de todo lo que allí había era que tenían todo el material básico para la fabricación de cerveza: todo un regalo.  En cuanto vimos semejante regalo un compañero de Vitoria (Iván) y yo no pudimos evitar un pensamiento común, había que fabricar cerveza. Os contaré con más detalle cómo nos fue en próximos post pero os aseguro que solo el proceso de fabricación ya merece la pena.

           Por supuesto no todo es de color de rosa en el mundo gominola del Erasmus. Existe gente que no entiende del todo lo que significa comunidad y grupo. Gente que no estudia empresariales porque afición al conocimiento sino al dinero. No pondré nombres ni cara de estos indeseables porque tampoco es justo hacer carnaza de nadie así que me referiré a ella como V. Erónica. No lo voy a negar cuando se marchó esta mostoleña me alegré. Pero me alegré como nunca antes de perder alguien de vista. Era la reencarnación de la ruindad y la avaricia. Una persona que no sólo pretendía recibir dinero por lo “suyo” lo heredado, sino por los préstamos de algunos que se fueron antes de poder devolverles lo que cedieron. Alguien que para pedirle un colchón (que ella no usaba) por tener visitas debías soltar cinco o diez euros como “alquiler”. Capaz de pedir dinero por una aspiradora que todos usábamos o de, prácticamente, subastar una bici que alguno se olvidó en el garaje el semestre pasado. No voy a negar el asco que me producía, ni que deseo no volver a saber de ella en toda mi vida… no todo el mundo iba a ser estupendo, que le vamos a hacer. V.erónica te dedico este párrafo a sabiendas que no mereces los tres minutos que he invertido en redactarlo.

                Pero claro, llegado el último día, también me tocó ser saqueado. La verdad es que en mi caso no hubo una jauría ávida de llevárselo todo, más bien fue un momento chino. Hao, uno de los chinos que vivían en la residencia me pidió permiso para empezar a saquear y en menos de diez minutos se llevó todo lo que yo había sacado al pasillo y parte de lo que tenía en casa. Fue curioso estar al otro lado. Ver mi habitación involucionar a como estaba cuando llegué en diez minutos. Sin sofá sin decoración ni lámparas, los estantes de platos vacios, apenas cubiertos escurriendo en la fregadera… de nuevo yo y las cuatro enormes paredes blancas, la destartalada cama y el desvencijado colchón. Esta vez no hubo falsedad, Hao no era Erasmus, estudiaba en Finlandia y había saqueado muchas veces ya. Un simple muchas gracias que tengas buen viaje sirvió. Nada más que decir ni que aguantar, todo mucho más real. Mejor. Algo bueno tenía que tener irse el último te ahorras las plañideras, y los falsos pesares de gente que sabes que le importa una mierda lo que pase en tu vida a partir de ese momento. De alguna forma es como volver al inicio, al principio de mi estancia aquí. Yo, una habitación vacía, nadie conocido alrededor y unos días venideros un tanto inciertos.


domingo, 12 de junio de 2011

Hätääntynyt kuukautta (Un mes frenético)


                

                      Ha sido extraño volver. Después de casi veinte días danzando, a salto de mata, viendo esto y aquello de ciudad en ciudad, de gente en gente volver a mí casa en Finlandia ha sido como estar de visita en otra ciudad. Quizá por la falta de gente que ya no está, quizá por tener puesta la mirada permanentemente en twitter o facebook para enterarme de la ultima hora en sol o quizá porque en este último mes mi presente, mi pasado y mi futuro se han dado de hostias en mi cerebro dejándome una resaca llena de incertidumbres. Empezaré por el principio.

                Mayo llegó con la despedida de gran parte de mi grupo en Finlandia. La residencia vacía, el silencio en la sauna, el vacío garaje de bicis todo producía un punto nostálgico que nos recordaba una y otra vez que nuestra familia comenzaba a mermar irremediablemente, que esta nube de ensoñación tocaba acordes finales mientras nuestras mentes seguían pidiendo más y más. Les siguieron inesperados exámenes a los que me vi obligado a presentarme y un inmenso reguero de trabajos y exposiciones que mantenían la mente ocupada y el cuerpo impaciente por perderse, acostumbrado, en el torbellino semanal de fiesta y cervezas. Fue como volver de repente a la realidad. Volver a estudiar cosas que no me interesaban, atender a profesores que me aburrían y forzarme a prestar intención cuando mi mente divagaba. Fue sorprendente darle cuenta de que por primera vez no buscaba cosas nuevas. Había perdido ese espíritu emprendedor, había tirado la toalla. Me había resignado-conformado con no hacer mas practicas clínicas, con no tener clases interesantes o aprender sobre mi carrera aquí. Había transformado mi viaje desde el punto de vista sanitario por uno puramente social donde lo único interesante era conocer otras nacionalidades y de paso salir de fiesta. Me acababa de vencer la rigidez finesa y me había acomodado al otro lado del Erasmus way of life.

                Días después y cuando estaba a punto de coger un tren destino las republicas bálticas, un golpe de realidad: mi economía comenzaba a flaquear. No es que hubiera cometido grandes excesos, simplemente me había relajado. Me había dedicado el último mes sobre todo a despreocuparme de ello, integrado por fin en la sociedad finesa, comenzaba a vivir acorde con la vida de cualquier estudiante. Salía de fiesta y tomaba cafés con mis compañeros como en Bilbao pero, ahora, ya no me sorprendían los precios. Se ve que mi aletargado cerebro, espabilado por nuevas preocupaciones, comienza a funcionar como acostumbraba y a buscar nuevos retos. Gracias a una buena amiga del Erasmus y a mí renacida curiosidad por el mundo me busco nuevas posibilidades en mi futuro próximo: participar en proyectos humanitarios en África.

         Castillo de Trakai: Lituania


                Con todo esto en mente comienzo un viaje planeado muchas semanas atrás: recorrer las republicas bálticas en coche con mi padre y un amigo de la familia. El viaje fue mejor de lo que esperaba. Lo pasamos bien y nos dio tiempo a visitar las tres capitales y alguna parada interesante por el camino (ya os lo contaré en próximos post). Fue curioso ver a mi padre fuera de su hábitat natural, ver la problemática de no dominar un idioma y, sobre todo, ver como se desenvuelve alguien que apenas ha salido de la piel de toro. Quizá me pasara un poco pero me chocaba sobremanera esa fea costumbre de compararlo todo y juzgarlo como si lo de uno fuera mejor por defecto. Lo peor por supuesto, es que aunque en el momento no me di cuenta, lo más probable es que yo actuara igual al principio de mi estancia en Finlandia. Es curioso como uno aprende con el tiempo a ser más tolerante, a aceptar las cosas de los demás como buenas y quedarse solo con las mejores. Fue como mirarse al espejo de lo que hubiera sido mi comportamiento si, como muchos de mis compañeros, hubiese buscado trabajo nada más acabar la carrera en lugar de decidir moverme fuera.

                Al volver a Finlandia me esperaba un examen al que me tenía que presentar “voluntariamente” gracias a mi amada profesora finesa. Lo peor de todo es que la asignatura era anual y yo solo había asistido unas pocas semanas al final del curso. Por tanto mis planes pasaban por meterme la máxima información en el cerebro en el menor tiempo posible y tener suerte. Pero nada más conectar el ordenador me encontré con los movimientos del 15 M. He de reconocer que un compañero me advirtió antes de irme de viaje la convocatoria pero no creí que esta llegara a triunfar. Como tantas otras la supuse vacía, yerma, caduca y como siempre a deshora. Pero esta vez no. Esta vez el mensaje era claro directo y simple: hay que cambiar este sistema sin violencia, en democracia. Aun recuerdo las seis frenéticas horas que me pasé de blog en blog, de video en streaming, de Facebook, en Twitter (que no sabía cómo se usaba) toda esa actividad digital de pensamientos, ideas y esperanzas. Fue increíble me encandiló hasta tal punto que ya no estudié porque mi cerebro no daba a mas. Solo se debatía entre dejarlo todo e irme a Madrid a chillar como el que más o en quedarme aquí de mero espectador.

     Esta fue una de las primeras fotos que vi y me hizo comprender la magnitid del momento

                Al día siguiente y sin haber estudiado me desperté tarde. En una de mis innumerables crisis apagadespertadores me dedique a parar la alarma medio sonámbulo hasta que a veinte minutos del inicio del examen abrí un ojo sobresaltado. No me daba tiempo. A medio vestir y peinado al viento finlandés, me lancé bici por las calles de Pori para llegar exactamente minuto y medio tarde (dos según el reloj de mi profesora) y ganarme la mirada asesina de ésta. El examen no era sencillo. Elegías entre todos unos cuantos papeles las que serian tus dos preguntas de examen y en base a ellas debías establecer un tratamiento y unas posibles consecuencias clínicas. Para más inri esto no debías contárselo a la profesora sino a un paciente real que tenía antecedentes de sufrir esa dolencia durante años y que tenía, además, la bonita experiencia de ir de un profesional a otro sin demasiadas soluciones (hasta mi profesora supongo, pues eran pacientes suyos). Como la taquicardia fruto de hacerme el Indurain para llegar a tiempo, el cerco sudoroso de la axila y la respiración entrecortada no ayudaban, como invadido por el espíritu del mejor actor holliwoodiense decidí que puestos a suspender, mejor suspender a puerta gayola y con las gónadas encima de la mesa por lo que renuncié a consultar mis apuntes antes de decidir el tratamiento ante la mirada atónita de mi profesora. ¿Para qué? Si no me sabía ni los encabezados de cada tema. Así que sin vergüenza ni ligero sonrojo me solté un órdago a grande cuando solo tenía dos pitos por mano y me salió bien. También he de decir que tuve suerte pues las preguntas que me hicieron no eran complicadas, pero con la seguridad que conseguí trasmitir el paciente parecía convencido (la opinión del paciente contaba un 25% de la nota) y el resto… bueno limando de aquí y allá conseguí aprobar. Aun no se la nota definitiva, pero sé que aprobé. Lo mejor fue al despedirme cuando mi profesora a sabiendas de que le había colado un triple sobre la bocina me despidió diciéndome: eres un chico con mucha suerte, ya nos veremos. No le faltaba razón.

                Nada más terminar el examen cogí un tren que me llevaba a Rovaniemi, al círculo polar ártico. Volvía a aquellas lejanas tierras pero esta vez sin nieve en el suelo ni el frio de la otra vez. Básicamente debía participar en unas jornadas sobre ecología e industria turística sostenible en el parque nacional de Oulanka (ya os contaré). Allí conocí a dos versiones de una misma sonata. Por un lado un grupo de españoles veintegenarios que no sabían ni tenían opinión alguna sobre cualquier cosa que saliese de irse de fiesta, las saunas finesas o el poker que estaban jugando cuando llegué. Apenas estaban informados de los movimientos del 15M ni tan siquiera interesados por lo que no estaban ni a favor ni en contra solo… pasaban. El mundo no iba a cambiar pero era mejor vaguear viviendo de los dineros de papá y mamá hasta completar unas vacaciones llamadas Erasmus (no textualmente pero básicamente lo que uno de ellos me dijo). Tan sólo un chico que hacía las practicas de un modulo de jardinería mostro un tenue interés y un francés que si estaba al corriente de todo y que lo estaba siguiendo de cerca. Por otro lado el grupo de estudiantes que nos acompañaría desde entonces hasta el fin del Erasmus: las americanas. 

 Parke Oulanka: Laponia. Este rio fue en el que hicimos rafting

  
                Son un grupo de unas veinte americanas que participan en unas jornadas internacionales con los estudiantes de intercambio fineses. Son gente simpática y agradable pero… muy yankees.  Lo suyo no es un veintegenariado al uso, más bien es un conformismo agobiante. Un pensamiento estático y adormecido impropio de una generación con acceso a múltiples fuentes de información. Resumiendo su forma de pensar: no hay que preguntarse porque son las cosas, las cosas son así como han sido siempre, por tanto, no hay porque preguntarse nada. Como os podéis imaginar, entre mi incontinencia verbal y mi cerebro bullente de ideas “revolucionarias” de cambiar sistemas democráticos etc.… me gane la animadversión de la mitad de las pobres americanas. Ya os contaré más a fondo el tema estadounidense. El resto del fin de semana resulto bueno. Mucha naturaleza y actividades, rutas por parajes increíbles, rafting y mucha visita ecoturista. Lo mejor que hice un montón de fotos geniales, la verdad no hay que ser un experto para hacer buenas fotos allí, dispares donde dispares todo es precioso.

                Nada más volver ya tenía planes. Una buena amiga, que resulta ser mi primera novia, venía a verme. Era una visita de una semana y así de paso aprovechaba para visitar uno de mis destinos pendientes: Estocolmo (Ya os contaré en mas profundidad). El plan era el siguiente: bajarnos a Turku a pasar el día y visitarlo, coger el ferri nocturno rumbo Estocolmo y permanecer allí tres días. En la noche del tercer día cogimos otro ferri rumbo Helsinki, visitarlo durante el día y llegar a Pori a la noche para que a la mañana siguiente ella pudiera coger el avión de vuelta. Lo cierto es que fue una semana llena de sentimientos opuestos. Llevaba casi sin saber de ella en los últimos dos años si exceptuamos un breve periodo un año atrás donde pasamos una semana en Valencia (vino a verme). Desde que hace años superamos esa fase de remembers y recaídas que toda ex pareja tiene hemos sido muy amigos. Una amistad en mi opinión buena y de la que estaba orgulloso. Sin embargo, quizá por el tiempo, quizá por los derroteros de la vida o simplemente porque la gente evoluciona todo había cambiado. Ya no era la misma chica que yo conocía. Fue muy curioso ver cómo esa chica con la que tanto compartí y tanto me atrajo se había desvanecido por completo hasta ser una autentica desconocida con el mismo cuerpo. Empecé a darme cuenta que las cosas que me servían no hace mucho ya no eran suficientes, que yo mismo había cambiado expectativas y que, mientras el mundo caminaba en una dirección, yo seguía en un rumbo secante, el que me venía en gana.


     Estocolmo: Simplemente precioso


                Como siempre que todo humano entra en un conflicto de intereses o ideas la semana acabó como el rosario de la aurora. Una fuerte discusión por despedida y una incógnita por amistad que se resolverá con el tiempo. Tras ello, y casi sin apenas descansar, tocaba irse a tierras rusas. Como parte del curso internacional teníamos que visitar San Petersburgo donde aprenderíamos temas de gestión sanitaria rusas y las compararíamos con las de nuestros países de origen. Lo peor fue la burocracia. Dos viajes a Helsinki y uno a Turku para poder hacer el visado. Nos hicieron dar mil y una vueltas y, aun así, cuando por fin entregamos toda la documentación me hicieron firmar un papel en el que, si finalmente algo estaba incorrecto y no me reembolsarían los cincuenta y seis euros que costaba el visado.

                Por lo demás el viaje a Rusia fue genial (ya os contaré) si no fuera por el sesgo-lastre estadounidense que llegábamos con nosotros. Era como llevar una pesada mochila de treinta kilos ávida por sacar fotos-postal (sin mostrar mayor interés en lo fotografiado) y parar en las tiendas de souvenirs. Estuvimos allí tres días y casi uno entero viajando, pero mereció la pena. Fue una lástima no haber podido exprimir más el viaje pero dadas las circunstancias salió todo bien. A la vuelta del viaje me esperaba otra semana y media de curso internacional donde conocería mejor el mundo americano, pero esa es otra historia.

         Foto de americanas: Tipicas Matrioskhas en tipica tienda de regalos


                Básicamente este ha sido mi último mes. El mes en el que menos caso os he hecho porque realmente tampoco sabía que contar ni decir. Un mes en el que me replanteado muchas veces que hago aquí en Finlandia y sobre todo que haré al volver. Donde me dado cuenta que yo mismo he cambiado en muchas cosas y donde creo que el mundo que me espera a mi vuelta también ha cambiado. Empiezo a temer el retorno y, al rodearme de mi núcleo de siempre, notarlo todo diferente. Por otro lado, el surgimiento de protestas y sobre todo propuestas ciudadanas reabre un horizonte que daba por imposible y que por momentos se me hace más y más atractivo. En definitiva, me encuentro a la orilla de un rio del que nada conozco y del que no sé si seguir el curso o cruzarlo. Y de decidirme por una de ambas opciones tampoco sabría si sumergirme o tomar un rodeo. Prácticamente no sé nada, y lo peor me quedan diez días para volver.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Huono kahvi (De mal café)

                Después de comer viene el momento café. He de decir que en Finlandia no es tan común como en nuestro país lo de tomar un café después de comer. Lo toman pero no la inmensa mayoría como nosotros. Para ellos es más normal irse fuera del comedor cogerse en la cafetería un café para llevar y sentarse en cualquier lado ya sea solo o en compañía. Aun que de eso ya hablaré más adelante. El café (que a eso iba) es… como decirlo… horrible no sería adecuado. Digamos que no se lo bebería ni un naufrago medio deshidratado si aún conserva el juicio. No entiendo exactamente porque es tan tremendamente horrible. Al fin y al cabo el café es café en todos sitios. Con comprar el mismo, de la misma procedencia y calidad, debería bastar… pues no. Le pedí a mi madre que me enviara un par de paquetes desde Bilbao porque no había dios que se bebiese eso y lo mismo me dio. Se nota algo la diferencia pero más bien poca.

                No sé si es por el agua o porque pero no hay forma de hacerse un café decente. Como creía que era el agua, probé a hacerlo con agua mineral y, aunque tampoco tiene sentido para mi, seguía sabiendo extraño. Y lo más extraño, lo que casi hace que llame a Iker Jiménez es que si le echas azúcar… ¡empeora! Creo que es el primer producto que conozco (si quitamos el sirope, la leche condensada, la mermelada y la miel) que si le echas azúcar lo conviertes en un sabor a sumidero de letrina. De verdad que pensareis que soy un exagerado que no será para tanto… todo español o italiano que se ha bebido ese brebaje oscuro piensa lo mismo… salvo algún desaprensivo esporádico que siempre hay, con tal de llevar la contraria ya se sabe. Solo os daré un dato de totalmente cierto. ¿Sabéis que es lo primero hice en Milán cuando esperaba la escala de mi vuelo a Bilbao? Tomarme un café de verdad. Creo que pocas cosas (junto con el queso idiazábal que me envió mi madre, y un botellón de Kalimotxo que hicimos en Riga) me han hecho sentir tanto como en casa.

                Pero lo del café no termina ahí. En Finlandia como en cualquier otro país del mundo tiene sus costumbres sus tradiciones… vamos sus cosejas. Una de ellas es que el café no se puede quedar frío. Sí es así de raro. Para ellos que el café se quede frío es algo así como derrochar el dinero, incluso tienen un refrán: “el café frio trae mal otoño”. ¿Por qué el otoño os preguntareis? Pues seguíroslo preguntando porque no lo sé. Lo que si me han dicho es que esa costumbre viene de que antiguamente en invierno la leña había que racionalizarla con lo que el café se hacía mientras el fuego de la cocina estuviese encendido. Una vez que las brasas se apagaran no iban a encenderlas sólo porque a alguien le apeteciese un cafelito. Así que tienen la costumbre, que es muy irritante por cierto, de que en cuanto ven que alguien se le vacía la taza lo más mínimo o le da un simple sorbito te rellenan el vaso hasta arriba.

                ¡Y no les digas que no! Que no se lo toman muy bien. Se ve que cuando alguien en el trabajo agarra la cafetera se siente con el poder de exigir que se beba todo y prácticamente solo puedes decir que no cuando te has bebido en torno a dos o tres vasos. Que yo me pregunto (y me sigo preguntando porque lo fineses otra cosa no pero los suecos se lo saben hacer muy bien) ¿Por qué no hacen menos café? Pues no, no saben hacer poco café. Y mira que es fácil que lo pone bien claro en el depósito del agua de la cafetera 2, 4, 6, 8, 10, 12 y 14 tazas, si solo somos cinco… ¿Por qué coño llenan hasta catorce? Porque son suomis los tienen cuadraos y además les parece genial que acabes hipercafeinado todas las mañanas. Así que cuando sales a hacer prácticas trabajas al doble de tu velocidad (que para ellos es como doce o quince veces la suya) y los masajes acaban pareciendo el vibropower manual.

                Lo mismo les da que les digas que te has tomado tres cafés dobles bien cargados para desayunar o que les digas que vas de anfeta hasta las cejas y más taquicardias no puedes soportar, bebes café y punto. En el momento que les digas que te gusta café estas perdido. Además es de lo primero que te preguntan al llegar a un trabajo nuevo. Según ellos los fineses son silenciosos y grandes bebedores de café por el día y alcohol por la tarde-noche. Y no les falta razón la verdad. Sobre todo porque allí el café lo suelen tomar sin leche en tazas enormes y como mucho con un poquito de azúcar, no demasiado. Al menos por mi experiencia el único que lo tomaba con leche era yo y siempre acababan pidiendo a cocina que trajeran solo por mí, cosa que aunque en la mayoría no ponían pegas, en algunos sitios no les hacía mucha gracia con lo que siempre me llevaba mi brick. 



Pero claro, ellos te llenan la taza estilo madre, solo quiero dos cazos, de acuerdo aquí tienes cuatro. En el fondo es cuestión de hospitalidad pero es que tú les dices que no quieres más y desde que lo dices hasta que dejan de echar… tela.  Con lo que lo que empieza siendo casi un cortado acaba siendo un café más negro que una noche sin luna con los ojos vendados. Da igual lo que hagas, te levantas a la nevera a por más leche y pegas un sorbo grande para hacerle sitio y te dicen:” uy con tanta leche se te habrá quedado ya frío, toma más café”. Luego con el tiempo y la confianza ya les cuentas tus costumbres, gustos, pareceres e intentas explicarles que tú con una taza y media a lo sumo ya tienes para tirar media mañana. Y puestos en el tema les hablas del café del tiempo o mejor del café con muchos hielos, típico en tu país y que deberían probar (momento pelota a más no poder, casi suplicando que te dejen en paz de cafés) pero se te olvida una cosa: estás en Escandinavia. Conseguir que un finés cambie de opinión o entienda otra forma de vivir en algo que es inherente a sí mismo es IMPOSIBLE.

                Y si esto solo pasara al principio de la mañana aun. Pero toman café cada dos por tres. Les encanta. Se pasan el día buscando escusas para hacerse un café (ya os contare su forma de trabajar) Con lo que al final, entre unas cosas y otras durante mi periodo de prácticas aprendí a no desayunar en casa, a resignarme a beber café prácticamente ardiendo… porque se me enfriaba sino y a… apreciar el café no es la palabra correcta y soportar tampoco pero algo intermedio. De vez en cuando vamos a una cafetería en el centro que por tres euros y medio te hacen un café expreso al que le ponen un tanque de leche y es lo más parecido al café nuestro de toda la vida. Pero entre el precio y que el centro está lejos lo solemos dejar para ratos de morriña o tiempos muertos y esporádicos. Siento mucho pero esta vez sí que no creo que podría haber sido peor, porque si hay peor café de verdad que no quiero probarlo.




martes, 10 de mayo de 2011

Keittiö (Gastronomía )


Una de las cosas que me dijo un amigo que estudió fuera del país al volver es que lo que más echo de menos fue la comida. En realidad echaba de menos en mayor medida a su madre, pero era porque en su casa ella cocinaba. Tranquilo Rubén que aunque me insistan no les diré quien fue. No diré yo lo mismo por la cuenta que me trae pero algo así ocurre. Qué bien se come en tu casa, ya puede ser tu madre una horrenda cocinera que te encanta. Y aunque tengo que reconocer que la mía cocina que da gusto, supongo que todos pensamos igual. Aún no he conocido a nadie que diga que a su madre le sale mal el sofrito. Con lo cual vayas donde vayas siempre deberás poner buena cara y comértelo todo.
                - Tío pero si esto sabe a mierda
                - Ya pero es mierda de mi madre ¿Qué pasa?


                Y algo así pasa en este país. No es que ellos cocinen mal, es su forma. No es que su café sepa a sumidero, es que es su sumidero. No es que estén depravaos por hacerse bocadillos de queso y mantequilla… bueno sí, eso es una desviación en toda regla. Pero en general la comida se puede comer y siendo sincero está bastante buena, solo que es un poco extraña. Empezando por los horarios. No es normal eso de comer a las once u once y media y cenar a las cuatro o cinco. No por el hecho de acostumbrarte o no, sino porque desde las cinco hasta la hora de dormir es imposible estar sin comer nada.  Son demasiadas horas sin llevarse algo al estómago con lo que prácticamente siempre recenas. Recenas o remeriendas porque si ya suele dar pereza hacerse la cena cuando se llega cansado de currar, imaginaros inflarse a mierdas a las cinco y a las diez u once con hambre. Así que como te has saltado la dieta en la cena, decides recenar poco. Primero te haces unas tostadas, luego un poco de queso, después un yogurt… para cuando te quieres dar cuenta has devorado la nevera.

                A la hora de desayunar, lo normal para ellos es desayunar como deberíamos hacerlo nosotros. Unas tostadas o cereales, un zumo o algo de fruta y un yogurt o algo de queso. Lo suelen hacer a eso de las siete de la mañana cuando se levantan. Hasta ahí todo normal, lo que extraña bastante es que al llegar al trabajo es muy normal hacerse una pausa para el café a eso de las nueve y media o diez (si se come a las doce) o nada más llegar tomarse un café con los compañeros. Para ese café sacan un bocadillo pequeño o una rebanada de pan con algo o sino pelan una manzana y la meten en un yogur. Casi con el desayuno en la boca y ya están comiendo otra vez para dos horas después ir a por la comida de verdad. A mí lo que me parece repugnante (y lo siento si algún finlandés lee esto) son los sándwiches que se preparan. Queso con mantequilla y pimiento rojo crudo. Otros de mantequilla, lechuga y queso con una salsa tipo césar. Y lo que más asco me da de todo: un pan con sabor a regaliz al que untado de mantequilla le añaden queso y pepinillos. Os juro que es horrible.

             El pan es muy parecido a éste. Este está bueno pero ahi otro, negro como una noche oscura con torcitos de regaliz... la muerte.


                La comida está bastante bien. En la dieta normal de un finés no pueden faltar las patatas, el brócoli, las ensaladas y el millón de salsas que tienen para todo. Lo normal es que se hagan una pequeña ensalada variada que ponen en un platito pequeño y después vayan a por el plato principal. Este suele ser de dos tipos: o bien es algo preparado tipo pasta con nata o carne guisada bastante grasienta que lo acompañan con todo tipo de ingredientes o bien es un plato que da la sensación de estar por hacer. Por un lado te ponen unas patatas cocidas (sin sal) por otro lado unas zanahorias hervidas al vapor (sin sal también) por otro un salteado (sin aceite) de brócoli con judías sosas por supuesto y por ultimo carne asada o al horno sin ningún tipo de salsa ni condimento ni cristo que lo fundó, en plan soso. Así que nada, tu coges el cucharón y empiezas a servirte como más o menos te parece bien y cuando tienes el plato rebosante (como ellos hacen) pasas a un nuevo mundo: el universo de la salsa.

                Tienen salsa para todos los gustos, sabores, olores y consistencias. De hecho creo que algunas ni ellos saben para que se utilizan ni a que saben, pero da lo mismo. Allí hay alrededor de diez o doce botes como de un litro (tipo kétchup) con una etiqueta que casi no se lee y tú eliges. ¿Cómo los usan? Ni idea. De hecho creo que es mejor no entender cómo. Esta gente tiene la extraña idea de que si te gustan dos o tres salsas si las juntan el sabor se multiplica por tres. Es asqueroso. Que te gustan los espaguetis con salsa de queso y salchichas, pues le metes kétchup que también te gusta, un poco de salsa de yogurt para darla sabor y bastante de boloñesa y ¡voilá! bon apetit. Lo peor de todo es que siguen el mismo criterio para las ensaladas y que no se paran a pensar que salsa casa con que comida, si todo sabe a lo mismo, pues mejor para todos, ¿no? Si algún día venís a Finlandia espero que no os toque enfrente algún amigo de juntar primer segundo plato con ensalada y sus salsas respectivas. Porque… ¿A en qué cabeza humana cabe juntar todos los platos menos el postre? (por suerte aun no han llegado a ese nivel de perversión) A ellos por supuesto.

                Los postres sí que están bastante buenos. Tienen de todo tipo pues a esta gente le encanta el dulce. Pero les encanta… les encanta. En los todos supermercados hay un pasillo enorme llenísimo de todo tipo de dulces, bollos y demás. Así que para finalizar la comida no podría ser menos y en casi todas las zonas de comidas tienes bollos, natillas, unos purés raros de frutas dulces o grosellas y fresas maceradas en kilos y kilos de azúcar. Están todos buenísimos pero eso si llevan el azúcar por quintales. Pero lo mejor, lo mejor con diferencia (ahora es cuando me decís que soy raro) por fin existe un país que tiene mil dulces que no son de chocolate, ¡por fin!


        Me encantan las grosellas y cuando las hacen en sorbete....buff ¡un escandalo!


                Algo también muy extraño es que para comer beben leche. Aunque algunos también beben agua, lo normal es beberse un par de vasos de leche en las comidas. Además que leche de todas las clases, yo no he visto país con más leches en toda mi vida. Las hay normal, semi, desnatada, sin lactosa, azucarada, espesa tipo yogurt, polivitaminada, con mil aditivos tipo Benecol y así, con extra de calcio, algo más espesa que la normal pero sin ser yogur y con cereales, una que es sin lactosa y agria (para alérgicos a no sé el que)… y seguro que me dejo alguna más. Así que lo normal es encontrarte en el mismo estante unos seis tipos de leches más o menos. Con lo que os podéis imaginar la odisea de acertar los primeros días.  Sobre todo cuando pruebas la leche de súper alérgicos… un drama. Si os sirve un truco es coger la de color azul más oscura de todas. No sé exactamente el porqué pero en todas las marcas posibles y tipos la azul más oscura es la entera. Puede que prefiráis desnatada o semi, pero siempre es mejor opción que la agria, hacedme caso.

                En conclusión he de decir que la comida esta bastante buena una vez que te adaptas a las diferencias. Además tienen cosas buenísimas como la multitud de ensaladas que tienen todos los días y que se incluyen con todos los menos (hasta en las pizzerías o Kebab). Lo único que si espero si venis es que os gusten las patatas porque sino… os acabaran gustando. Para finalizar os dejo un chiste muy malo y muy tonto (como un servidor) que a mi siempre me a encantado y que lo recuerdo cada vez que no se que es lo que me dan en la universidad.
                - ¡Mamá! ¿Qué hay para comer?
                - Mierda con patatas
                -Jooo… ¡Otra vez patatas…!



      Esto son los Munkki no confundir con Mukki (tetas), son como los donuts fineses. El sabor es algo intermedio entre un donut soso y una rosquilla blanda, pero esta bueno.

lunes, 9 de mayo de 2011

Äärimmäinen urheilu (Deportes de riesgo)


                Una de las primeras cosas que te recomiendan todos los Erasmus al volver es que te agencies cuanto antes una bici. Es el medio de transporte ideal, muy versátil, cómodo, y te da una libertad bastante importante a un precio muy bajo. Todo muy lógico y muy normal… excepto en Finlandia. 

                La primera vez que vi una calle finlandesa, bueno mejor dicho, la primera vez que intuí que bajo toda esa nieve había una calle finlandesa supe que iba a ser toda una odisea aclimatarse y desde luego, de los doce o trece millones de pensamientos que se me cruzaron el último de todos fue el de cruzar eso en bici. Primero porque cuando llegue caían unas nevadas del copón, que parecía que toda la nieve del mundo se hubiera vaporizado y se descargaba contra este pobre país y segundo porque cuando no nevaba, con el inmenso frio que hacía, la humedad ambiental se congelaba convirtiendo el aire en un perpetuo sirimiri de escarcha que a velocidad de caminante cala, pero a velocidad de bicicleta taladra la piel cual aguijón de abejorro

                Y es que a temperaturas máximas de diez bajo cero y en una ciudad que solo por el hecho de estar en la costa corre un aire que da gusto verlo (porque lo ves corretear cargadito de sirimiri helado) subirse a una bici desafiando los elementos una de las más arriesgadas aventuras que hay. Y mira que uno es vasco, chicarrón del norte y como buen norteño con una piel de osezno bien repleta de su buena grasilla michelinera, pero ni por esas. Que frío. Y da igual que te abrigues. En Vitoria los lobos salen con bufanda pero es que en este país el viento viene con ganzúa y se mete por el único rincón que tu abrigo permite para dejarte los pezones como toalleros. Bien sea un bolsillo abierto, bien que se te ha movido el guante o que no te has subido la cremallera lo suficiente: a la tercera pedalada estas más congelado que el tío del anuncio de gas natural. Así que nada tú, que ya vas con el tiempo justo, empiezas a encomendarte a tus santa hombría para tirar para adelante (hombría que se ha subido al estomago cual koala tiritando en busca de algo de calor) te repites una y otra vez que tu puedes, pero no hay forma.

                 A escasos trescientos metros de donde saliste te encuentras: con el labio cuarteado, la babilla congelada en plena comisura labial, la garganta pidiendo auxilio y las anginas regocijándose: ya verás mañana… ya verás que gustico te va dar beber algo frío. Eso sin contar con que estas medio bizco porque tu ojo a tenido la brillante idea de dejar correr una lagrimilla que, por supuesto, se ha congelado y solo puedes respirar por la boca porque tu nariz, en un afán de ayudar, ha decidido moquear como si no hubiera un mañana y a la tercera respiración, toda esa mucosidad se ha fosilizado. Y es que el cuerpo es así, yo creo que en estos casos se ponen todos los órganos a pensar a la vez y deciden putear como mejor saben. En definitiva pedalear a veinticuatro bajo cero como hice yo en mi primera vez, no es sano. Y si no es sano de normal con viento en contra no digamos principalmente porque empiezas a hacer cosas sin sentido. Apartas la mirada para que no se te congelen las retinas… empiezas a dar frenazos de repente ya que tanteas el freno porque, como dejas de tener sensibilidad en los dedos, no sabes dónde está… un caos.




                Y luego está la otra parte que le da más intríngulis a la situación: la nieve. Si los coches llevan cadenas por lo que pueda pasar y en Finlandia usan neumáticos de clavos… ¿Por qué las bicicletas de aquí tiene la cubierta que parece los neumáticos de seco de Alonso? Así que te caes, te fostias allí por donde vas hasta que tus piernas parecen las de un dálmata. No sabría deciros cuantas veces me he caído, eso sí, no me las había dado tan grandes y tan variadas en mi vida. La caída por frenar tarde, por frenar en curva, porque se te va la rueda de adelante o la de atrás, porque te emocionas y acelerando se te va un pie… cómo no los sientes o los sientes mas bien poco... 

                Claro luego cuando se va la nieve y aparece el hielo te quieres morir. Eso si que es una lotería en sí misma. La única forma de salir vivo de una calle helada es pasarla muy rápido si está muy lisa o con mucho cuidado si es abrupta. Si está muy lisa lo malo que tiene es el frenar que o te anticipas bien o terminas clavando los frenos y en consecuencia los dientes contra el suelo. Y si es más bien accidentada el riesgo que corres es que te puedes caer de la forma más ridícula de todas: en parado. No hay nada peor que se te pille una rueda entre dos bloques del hielo y totalmente quieto te vayas al suelo. Son caídas limpias sin riesgo ni dolor pero se descojona de ti hasta el más tonto, entonces te cabreas agarras la bici como si la dominaras mejor que nadie y te decides a salir de ahí cuanto antes a toda pastilla, resultado: te vuelves a caer.

                Mención aparte tiene el sistema que utilizan aquí para las bicicletas. Resulta que existe un organismo que se dedica a la obra social con indigentes y personas en riesgo de pobreza que se encarga también de los estudiantes. Sí aunque parezca increíble allí pueden ir personas con problemas reales en busca de comida, mantas o ayuda de algún tipo y estudiantes que viven a costa de sus padres de igual a igual. De hecho si fuéramos (que nunca hemos ido) los lunes y jueves reparten comida entre la gente necesitada. Les dan arroz, pan, algo de embutido, carne y creo que como unas sopas. Además allí puedes resguardarse del frío (en Finlandia, Pori al menos, está prohibido mendigar en la calle durante el invierno) comer y tomar un café caliente a un precio simbólico. Otro departamento de este lugar es el de alquiler de bicicletas. Aquí tiene un taller y almacén de bicicletas donde si pagas sesenta euros ellos te dan una bici y se encargan del mantenimiento. Si se te pincha rompe o tiene algún fallo mecánico ellos lo arreglan y te la devuelven. Un vez no necesites la bici la devuelves a la organización y ellos te reembolsan cuarenta euros que habían tomado como fianza. 

                De momento y en lo que llevo aquí he tenido dos bicis. La primera una bicicleta normal aunque un poco antigua de paseo pero con un sillín horriblemente duro. Cuando la vi por primera vez recién sacada del taller no tenía muy buena pinta pero lo cierto es que era bastante manejable pero se pinchó. Al día siguiente del pinchazo volví a la tienda para arreglarlo y en lugar de cambiarme la rueda me dieron otra bici que allí tenían para que pudiera volver a casa cómodamente. Creo que esta bici es una de las mejores cosas que tengo en Finlandia, me encanta. Es un modelo de carretera antiguo con manillar de competición corto y ruedas finísimas (ni os imagináis lo que es mantener el equilibrio en el hielo con ella). Es genial. Cariñosamente le llamo la “Espada”. Y es que una de las mejores cosas que tiene es una palanca que tira de una correa que va directamente al piñón y que su función es ganar eficacia mecánica en cada pedalada. Con esta palanca accionada con cada pedalada avanzo una barbaridad y como pesa muy poco lo cierto es que me muevo por la ciudad a todo meter. Como me dijo el señor que me la dio en la oficina social es la: high speed handgrip. Una caña. Las vueltas a casa desde entonces en plena embriaguez son mucho más divertidas. No solo porque vacilo a la mitad de los que voy sino porque las caídas son mucho mas brutales. 




sábado, 7 de mayo de 2011

Mitkä asiat tuovat Suomessa (Que llevar a Finlandia)



                Uno de los enormes enigmas a la hora de venirse hasta aquí es que meter en la maleta. En realidad es un poco tontería que nos hagamos una lista y pensemos y repensemos, acabaremos metiendo lo que quepa. Da igual que lleves una maleta que cinco, las vas a llenar fijo. Pero no las vas a llenar hasta un límite normal o comprensible sino que las llenarás hasta que tu madre y/o padre subidos encima no sean capaces de unir ambos bordes de la cremallera. Y es que siempre que preparamos un lista bien hecha, calculada y pensada vendrán a nosotros múltiples, millones de dudas (por supuesto incentivadas por tu madre) entrado en el fase de los por si acasos.

                De la misma forma que cuando te vas a Sevilla una semana en agosto te llevas una sudadera por si acaso a Finlandia te traes mil prendas de abrigo por si acaso. Todo el mundo se tira meses torturando tu mente sobre el frío que vas a pasar y te agobian con miles de “útiles” inútiles. Que si orejeras térmicas en diadema, gayumbos térmicos, muñequeras térmicas, carteras térmicas… cualquier mierda que lleve detrás el apellido térmico es válido para tu familia y amigos. Y no contentos con eso te instan a que metas en la maleta, como si fuese un agujero negro que todo lo absorbe, todas las sudaderas que encuentran en tu armario.
                - Este jersey te vendría bien
                - Hace cuatro años que no me lo pongo
                - Pero si es muy bonito
                - Ya pero es que no me entra
                - Bueno tú mételo por si acaso, que allí hace mucho frío


                La gestión del frío tampoco es para tanto. Es cuestión de ser previsor y cuando llevas una semana pensar en cómo te sientes y actuar en consecuencia. Yo así a ojo me hice unos límites sobre los cuales abrigarme. Que la temperatura no baja de cinco grados (bajo cero se entiende): botas calcetines térmicos abrigo y guantes (normales). Que no baja de menos diez: le sumamos una sudadera bajo el abrigo y un gorro. Que llega hasta menos quince: Mallas térmicas bajo los pantalones no te vendrán mal, otra opción casi mejor para no asarte cuando llegues a la universidad son unos pantalones de nieve que abriguen, cambio de gorro: el que venden en la universidad es el mejor que he probado, sino el tipo ruso también va muy bien. Y de ahí para abajo es no es cuestión de sumar prendas hasta parecer el muñeco de Michelin sino de ponerte unas de mejor calidad.


 
                Si tuviese que recomendaros ropa para venir (espero que este permitido hablar de marcas de ropa, sino que me lo digan para no hacer publicidad gratuita) os recomendaría visitar Decathlon. La línea Quechua es genial al menos para pasar los primeros meses aquí. Tanto las mallas térmicas (veinte euros) como las camisetas térmicas (diez) son muy útiles si eres muy friolero. También es altísimamente recomendable los calcetines: son geniales. En concreto tienen unos que son bastante caros pero muy efectivos y que yo solo me los puse en Laponia que cuestan treinta y siete euros cada par. Sí es un precio desorbitado pero tener un par os aseguro que os vendrán genial si hacéis largas caminatas por la nieve o vais a esquiar. Lo que no os recomiendo es que os obsesionéis con comprar mucha ropa sino gastaros el dinero en algo bueno. Por ejemplo los forros polares de Quechua están muy bien pero si llevas muchas capas son incomodísimos. Con un forro polar una camiseta térmica debajo y un abrigo pasareis genial a temperaturas de quince o veinte bajo cero y el precio es bastante nimio.

Tampoco os volváis locos buscando abrigos. Yo he pasado el invierno con el abrigo que tenia para Bilbao y no he tenido ningún problema. Lo que si tenéis que preocuparos es que sean impermeables porque si os calan lo pasareis mal. En cuanto a los gorros lo mejor es que os olvidéis de marcas y cosas cool. Si queréis ser funcionales buscaros líneas de doble forro, como los reversibles de Quicksilver o DC que son geniales (aunque si no quieres parecer un champiñón tienes que dejarte las orejas fuera). Yo el mejor gorro que encontrado es el que venden en la universidad que aparte del doble forro lleva una goma al final que se ajusta en las orejas, sino los tipo rusos también son bastante buenos. 

                El calzado es más complicado. Yo me compré unas botas supuestamente térmicas en el mismo Decathlon por cuarenta euros que, además de ser comodísimas, me han venido genial todo el invierno. En realidad ha sido la mejor compra que he hecho para venir para aquí. Cómodas, resistentes, impermeables, calentitas y encima baratas. Lo malo son las suelas. Los únicos zapatos que no resbalan en el horrible hielo finés son los que ellos venden. Aún así no son la panacea y si no que se lo pregunten a una compañera española que se ha estado cayendo todos los días unas cuantas veces pese a sus súper botas antideslizantes. 

       Mis botas, las teneis en cualquier decathlon y baratejas


                En definitiva recomendaros que penséis con la cabeza y os dejéis de tonterías. Que aquí también hay tiendas y tenderos que tienen que dar de comer a sus hijos. Lo que no os llevéis de casa lo compráis aquí y listo. Respeto a la maleta, es bastante caro enviar paquetes desde España. Son unos cien euros más o menos. Así que os merece la pena facturar una maleta extra (creo que son unos cuarenta euros más) que pagar el sobre peso que son unos treinta euros más con cada cinco o diez kilos (no lo recuerdo bien). Otra forma es volar con norwegian.es. Es una compañía noruega que permite facturar dos maletas en cada vuelo a precios relativamente razonables. Lo mejor que he encontrado han sido setenta euros en vuelo directo Barcelona - Helsinki. Eso sí hay que comprar con tiempo.