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jueves, 4 de diciembre de 2014

La mujer invisible




La navidad invade Málaga en una de esas tardes que los lugareños llaman frías sin serlo realmente. Todo son luces y escaparates allí por donde miro. Aquí y allá se ven a los niños corretear mientras sus madres husmean escaparates pensando seguramente en la lista de regalos navideños pendientes. Apenas hay brisa. Tan solo olores entre mezclados de castañas asadas, almendras garrapiñadas y pan dulce de una máquina americana que consigue aguar la boca de una niña absorta quien, frente al puesto, paladea el aire. 

Camino en conversación distraída por el centro, callejeando entre las gentes y los ruidos de quienes se afanan por que entremos en sus tiendas y tascas. Entre los cuerpos que se me cruzan, las gitanas me ofrecen sus romeros y un joven con cara de haber vivido mas años de los que cuenta, grita tener la suerte millonaria en los boletos de lotería que blande orgulloso entre sus manos. Cruzando una esquina, una mujer vieja y arrugada canturrea, como de corrido, que no tiene trabajo ni techo donde dormir. Sus ojos me recorren de arriba abajo esperando, supongo, un ademán de atender a sus súplicas, pero pronto cambia de objetivo.

Con las marcas de aquella mirada por el cuerpo, el grupo que me acompaña se para en una heladería repleta de cremosos helados de colores radiantes, casi radioactivos, innaturales. A todos nos apetece probar alguno de inmediato, pero lo meditamos mejor: ya habíamos merendado demasiado. Al poco, seguimos avanzando porque un joven de sonrisa profident trata de cautivarnos para que colaboremos con una ONG. Tengo que decirle varias veces que no, lo más educadamente que puedo para que escoja otra persona a la que abordar. Finalmente se cansa, desiste y nos abandona. Avanzamos unos metros más y, tras varios minutos de deliberación decidimos ir a cenar a un buffet que se encuentra a unas calles de distancia. Sorteando vendedores, compradores y viandantes varios, mi mirada topa con alguien que no encaja en toda la escena. Alguien que, estando, no parece habitar el mismo lugar que todos los demás.



Se trata de una mujer de unos cuarenta años, treinta y cinco mal llevados seguramente. Avanza desprovista de vitalidad entre la gente, con la mano extendida adelantada sobre su cuerpo, pero sin fuerza. Su mirada esta perdida entre la gente, no se halla en sus cuencas. Están mirando hacia dentro, quizá hacia el interior de todos los demás. Gritan sin duda enmudecidos a quienes le pasan por delante esquivándola como una farola cualquiera. Sus pupilas tiemblan y brillan seguramente de apuro, quizá de vergüenza. No están mirando a nadie pero tratan de hablarnos a todos. Su boca musita cosas ininteligibles, no hay voz en ella. Se gira hacia una pareja que pasa por su lado, sin demasiado brío, con poca gracia. No canturrea sus desgracias de corrido, ni vende buena suerte. No está provista de una cara amable ni de un olor apetecible. Sus ojos no son radioactivos, son de un negro apagado, consumido.

La pareja le esquiva sin prestarle el menor caso, no ha llamado su atención. La mujer invisible avanza, con los pies casi tan temblorosos como sus manos, a pasos cortos, sin decisión ni destino. Con la mano que no pide, se agarra la chaqueta del chándal, tiene frío, o quizá solo se le esté encogiendo el estómago y trate de aplacar el rubor lleno de pena que le invade. Me mira. Me petrifica. Su gesto no cambia, no hay motivación en su rostro. Soy uno más que pasará a su lado solo para esquivarla. Miles de pensamientos se acabalgan en mi mente y mi corazón, helado, brama en mi pecho sin bombear, incapaz. Me está pidiendo que haga algo, quizá solo que la atienda, que no pase de largo como si la mujer invisible no existiera. Pero mis pies siguen su rumbo, no están recibiendo órdenes de parar y como un autómata sigo haca adelante, avergonzado, pero sin hacer nada. La persigo con la mirada mientras paso a su lado y me alejo. No me atrevo a parar, no sabría que hacer si lo hago, pero tampoco tengo la valentía de sacar al grupo del ensimismamiento absurdo, caprichoso y consumista que nos rodea. La mujer sigue su destino sin rumbo, nada la detiene porque no está allí, porque la sociedad no la espera.

Giro la cabeza y miro al frente. Repaso a la gente que me encuentro al paso buscando complicidad, quizá comprensión. Puede que les esté mirando con odio por no hacer nada pero, en realidad, a quien me quiero mirar, es a mí mismo con la peor de las miradas. Mis ojos se encienden, están calientes, inyectados en dolor pero no lloran. Las lágrimas se han solidificado junto con la sangre que ya no me calienta las venas. Soy yo y no el resto quien no ha reaccionado, ni bien ni mal, sencillamente no he reaccionado. ¿Necesitaba esa mujer un romero que vender? ¿Quizá lotería o un suculento helado? Algo interrumpe mis pensamientos. La conversación que se estaba fuera me incluía y estaba haciendo caso omiso a quienes me acompañaban. Habíamos llegado al restaurante.



Odio el capitalismo, me digo mientras muerdo un trozo de pizza que tengo frente a mi. Paladeo su sabor, al tiempo que me doy cuenta de que también me odio a mí. Yo también consiento, aunque despotrique, aunque me queje. Nada me diferencia de la pareja que antes pasó al lado de la mujer invisible y que, en la distancia, hubiera mirado con odio, Quizá con la altiveza intelectual de quién habla de moralidades bajo un techo caliente y una nevera llena. Pido otro vaso de coca cola porque me cuesta hacer pasar esa pasta prefabricada por el gaznate. Nada me separa de ser un hombre invisible en las calles, solo una nevera llena. Neveras que se vacían a ritmos agigantados cuando los vientos cambian de rumbo o se nos rasgan las velas. Sin embargo, un abismo colosal me aleja de quien posee tantas velas y remos que ni cien tormentas le harán zozobrar. ¿Por qué esquivé a la mujer invisible?

Pagamos a escote, con la tarjeta de crédito en la mano. De vuelta a casa, miro por entre las calles sin encontrarla. Como si pararme ahora y tratarla como un ser humano arreglase algo las cosas. Como si fuese mas importante acallar mi conciencia que cambiar mi actitud. Llego a casa presto a planificar los pocos días de vacaciones que me quedan, sin dejar de pensar en aquellos ojos desvitalizados. Me perseguirán durante días, pero yo no dejaré de impulsar esta rueda trituradora de personas, al menos, hasta que termine mis vacaciones, me digo. No en mis vacaciones. Como si recorrer, de pasada, sin aprehender mas allá de la foto y el recuerdo, supusiera un cambio vital trascendental.

Y me termino de pensar, escribiendo estas líneas. Tecleando con dudas sobre por qué lo hago. Quizá me calme momentáneamente, pero no cambiará mi odio por esta sociedad injusta y atroz. No cambiará mi odio por mí mismo. Porque soy un consentidor más cuando esquivo gentes invisibles y me abrazo a la purpurina casposa de la sobreabundancia y despilfarro innecesario que deja, allá por donde pasa, miseria y desposeídos. No cambiará el hambre, ni el hambre de justicia, escribir esto, pero tampoco leerlo mil veces. Quizá la clave no esté en consolarnos, sino en atrevernos a sufrir las vidas de los iguales. De aquellos que no son tan diferentes a nosotros, tan diferentes a mí. Quizá la clave será dejar de pensarme a mi mismo con la nevera llena y empezar a pensarme con la nevera compartida.




Espero no olvidar los ojos de la mujer invisible porque son los de la dignidad de quien sale en busca de sus iguales. Espero no olvidar sus ojos porque los míos son los ojos de la vergüenza mas profunda de quien huye de sus iguales por pensarse de los del otro lado del abismo.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Otra vez la puta rueda




                Otra noche tras un día improductivo. Otra conversación estúpida donde parece que haces mucho pero en realidad pierdes el tiempo. Otra vez interactuando con el móvil en lugar de con personas. Puta rueda que no para. Otra vez la puta rueda. Otra puta noche de insomnio

                Un nuevo día más en el que tras levantarme temprano se me comió el tiempo en pensar lo raro que esta el mundo visto desde detrás de mis ojos incrédulos. Un nuevo día de interactuar con gente que se supone que quiere transformar la sociedad hacia un mundo en el que ellos mismos no están preparados para vivir. Farsantes. Otra vez la retahíla de sandeces sobre lo buenos que somos todos pero mientras nuestros estómagos estén llenos. Ni un ápice de sinceridad, de querer vivir equitativamente de verdad. Va a ser cierto que todo es relativo y que los sustratos de verdad radican en las mentiras que nos hacen dormir con nuestra supuesta conciencia tranquila, pero revolucionaria.

                Otro día en el que no encontré trabajo. En el que la jodida sociedad no tiene un hueco que hacerme. Se ve que mis manos dejaron de servir y que mi mente a algunos no les gusta por cómo me sirve. Otro día en el que las cuentas del banco menguan sin atisbos de recuperarse. Otro día en el que no estudié lo suficiente para aspirar a una posibilidad de formación con remuneración ridícula en la que ni siquiera creo. Otro día en el que se me amontonan los pensamientos de que este mundo es una puta contradicción tras otra en la que todos parecen estar cómodos y solo a mí me sangran las venas de libertad.

                Otro día de conversaciones intrascendentes y desmotivaciones sobre estimuladas por los colorines de anuncios que me invitan a comprar cosas que no necesito con dinero del que no dispongo. Otro día en el que el cajero automático no me deja comprar algo de estimulación intelectual; el dinero no compra las conversaciones interesantes ni los besos ardientes. Otro día en el que no he tocado la piel de otro humano y el único roce que he sentido ha sido fruto de un frenazo del metro. Otro puto día en el que el móvil y sus mensajes suplen lo que antes eran relaciones de verdad. Otro día en el que no me distingo tanto de una planta, se supone que siento pero a este paso empezaré a pensar de qué me sirve. 

                Otro día que se acaba sin verte, sin tocarte, sin hablarte, sin olerte, sin rozarte, casi sin imaginarte. Otro día que busco tu última conexión al móvil como si sirviese de algo. Putas máquinas. Otro día en el que no merece la pena ser humano, si solo la mente funciona y los sentidos no me dicen nada… ¿para qué? Otro día más en el que solo dialogo con el eco, tiene mejor conversación que la mayoría. Al menos mas conversación que un móvil y una red social que no me dicen nada y, cuando me dicen, son cosas que no me interesan ni satisfacen.

                Jodido mundo de mierda que no se acabará en el día de hoy. Me tocará esperar a la puta rueda de una mañana, machacona, implacable y terca que se empeña revivirme días que parecen fotocopias. Encima me tocará esperarla despierto.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Hazme caso, tengo tetas





             Lo reconozco, como cualquier hombre (las mujeres también lo hacen), he consumido cuerpos sin preocuparme demasiado la persona que los portaba. Cierto es que he consumido menos de los que quise, más bien los que me dejaron, cosas de esa jungla llamada salir de fiesta. Sin embargo, en los últimos años, sea por madurez, por viejunismo o vete tú a saber, empiezo a notar que me importan más ciertas cosas y me molestan bastante otras que antes que me pasaban desapercibidas. No es que de pronto me preocupe en conocer los sentimientos más profundos de una persona que conozco en un local oscuro, lleno de ruido y con varias copas encima; pero ese artificio de “conocer” gente, comienza a desesperarme.

martes, 1 de octubre de 2013

Goodbye Spain





Soy un joven de 27 años vasco. Nací en Bilbao donde crecí y vivo. Nunca he sido nacionalista, ni nacionalista español ni nacionalista vasco. Nunca he votado a la izquierda abertzale ni he militado en ningún grupo abertzale. De hecho siempre que me han preguntado sobre mi opinión acerca de la soberanía siempre contestaba que me daba igual una Euskadi dentro de España o fuera de ella. Lo único que yo necesito es un país donde merezca la pena vivir, donde poder ser libre tanto para expresar mis ideas como mi cultura. Quizá por ello nunca he tenido ansias de independencia, aunque sí de poder decidir sobre ello. Sin embargo ayer llegué a un límite tal que todo eso ha cambiado.

Sé que lo que voy a escribir no se va a entender de Burgos para abajo. Aun no entiendo por qué motivo existen cuestiones imposibles de hablar con una gente que, de cualquier otro tema, habla con más o menos tolerancia. No creo que haya especial diferencia entre una persona nacida en Euskadi y una nacida en España. Siempre que he viajado por la península ibérica me he encontrado gente normal, trabajadora, que trata de ganarse la vida lo mejor que puede y ser felices; igual que en Euskadi. Sin embargo, desde muy pequeño siento que el resto de la península no nos ve igual. Ya desde muy pequeño (mi primera “anécdota” fue con 7 años), y aunque todo el pueblo nos conoce, he tenido que soportar comentarios insultantes y vejatorios cuando veraneaba en un pueblo de Zaragoza con mi familia.

He tenido que soportar, de manera repetida durante mis 27 años de vida, comentarios hirientes sobre si en Euskadi nos paseamos con pistolas o el clásico “¿conoces algún etarra? ¿Has visto algún atentado?”. Al tiempo, cada vez que conoces gente nueva en cuanto descubren que eres Euskaldun siempre aparece ese halo en los ojos de quien te acaba de conocer que desemboca, antes o después, en preguntar repetidamente qué me parece la violencia. Sería algo así como si a un murciano o salmantino se le pidiera de manera continua que condenara el fascismo, por el simple hecho de ser murciano o salmantino, para darle el carnet de persona. Desafortunadamente no quieren que les contestes con sinceridad. No quieren escuchar la realidad en Euskadi, solo sus conceptos preconcebidos y, de insistir en dar tu versión pueden tener problemas. No soy el único vasco o vasca al que han agredido por el simple hecho de abordar el tema con profundidad y sinceridad, o por el simple hecho de nacer donde he nacido.


Pese a esto, sé que esta gente no es la mayoría. Siempre he creído que es una “minoría ruidosa” que impide darnos cuenta de que la mayor parte de la población española es buena gente y muy sensata. Por eso no entiendo cómo pueden aplaudir los atropellos sistemáticos que la policía ejecuta en el País Vasco.





Insisto que yo no he sufrido ni el 0,1% de lo que sufren convecinos míos por cuestiones ideológicas, por simple convicción política. Por eso me asusta pensar en cómo sería todo si yo perteneciese a un partido abertzale. Sin esta etiqueta ideológica también he visto la cara “amable” de la policía. Controles de trafico extremadamente exhaustivos, simplemente por la matricula de mi coche, acompañada de insultos. Comentarios del tipo “a los vascos habría que poneros un muro en la frontera y tirar napalm dentro” o ver como el policía que me pide la documentación del coche solo usa una mano porque la otra la tiene en la pistolera, cuando no, en la propia pistola ya desenfundada. Todavía recuerdo como la policía nacional de Valencia despertó a mi familia de Bilbao a las tres de la mañana y se presentaron en mi casa de Valencia (estudiaba allí) hasta siete agentes porque había aparcado el coche en un lugar que no les convenía y sospechaban de él.

Esto es lo poquito que yo, personalmente, he vivido. No quiero ni imaginar lo que han vivido otras personas de aquí. Cuando vives en esta tierra te das cuenta que se persigue todo lo que huele a euskera. Que tratan de “pacificarnos” a golpe de estado policial. Que utilizan la ley antiterrorista a personas que su único delito fue colocar un cartel en la calle o acudir a una manifestación pacífica. Esto no puede ser. Reconozco que no me pilla de nuevas, quienes hemos crecido en Euskadi sabemos cómo funcionan “en Madrid” pero yo ya no puedo más.

Tras las detenciones de seis chavales que pegaron carteles y los han metido en la cárcel y lo de ayer con Herrira he llegado a mi límite. He ido a varios actos de Herrira y siempre han sido democráticos y pacíficos. Siempre me han parecido eventos como los de cualquier partido político… ¿y les van a encausar por dar su opinión en redes sociales? No se puede vivir así, es imposible soportar esto. ¿Cómo pretenden que la gente quiera seguir perteneciendo al mismo país que genera más y mas odio en nuestras calles?



Yo ayer ya dije basta. Nunca necesite la independencia solo mejorar el país. Pero ya no tengo esperanza de que España pueda aportarme nada. Hoy siento que necesito vivir en otro país lejos de este fascismo de estado. Siento que necesito independizarme de esta locura. Eso no puede formar parte de algo que se acerque a mi país. Hoy más que nunca entiendo a la izquierda abertzale en muchas cosas. Quizá sea tarde, no lo sé. Solo sé que desde hoy yo también haré lo que esté en mi mano por independizarme de esta barbarie. Mientras de Burgos para abajo se sigan aplaudiendo estas atrocidades no hay esperanza posible. La única esperanza es decir adiós. Adios España.

martes, 6 de agosto de 2013

Yo lo que quiero es "vivir bien"






                Todos hemos escuchado esta frase más de una vez. Más bien todos la hemos escuchado millones de veces a lo largo de nuestra vida, y casi siempre con ese énfasis intencionado sobre locución “vivir bien”. ¿De verdad ese “vivir bien” supone una buena vida?

domingo, 21 de julio de 2013

De clases trabajadoras y risas de clases medias





                Siete de la mañana. Una hilera de coches con las luces de emergencia nos abre paso en la autopista. Olor a goma quemada en el asfalto, a cristales rotos y a sangre mezclada con humo. Marcas de neumáticos entrecruzados en el suelo y un turismo pequeño, barato y algo viejo estampado contra un quitamiedos.  Unos metros más allá una furgoneta pequeña, parecida a la de mi compañero de piso, parecida a la de cualquier electricista.

                 Aparece de pronto un hombre con reflectantes que nos señala donde parar. Las luces de la policía se me clavan en las pupilas cuando me bajo. Mientras cojo el desfibrilador y el equipo el ertzaintza me informa. Dos conductores, uno ileso, otro aún en el coche. Oigo sus gritos de dolor. Buena señal me digo. Mientras mi compañero baja el resto del instrumental me acerco al turismo. A la derecha, guiado, casi transportado por un policía, un hombre de mediana edad con mono de trabajo es conducido al arcén. A mi izquierda, una mujer joven, de unos treinta, dentro del coche me mira con la cara descompuesta.
 
                La mujer se encuentra bien, pero está muy nerviosa. Cuesta comunicarse con ella. Se mira el hueso blanco y brillante que sale de la piel de su brazo y chilla, aún más que antes. La inmovilizamos para sacarle del coche con cuidado. No es una hemorragia grande y se controla bien. No aparenta mas lesiones y tiene sensibilidad en todo el cuerpo. Buena señal me digo. 
 
                Han llegado otros compañeros en otra ambulancia, no me había percatado. Me preguntan qué tal y si necesito ayuda mientras la mujer nos mira incrédula de nuestra conversación, es la protagonista y no nos dirigimos a ella directamente. Ya en la ambulancia le ponemos analgesia y un tranquilizante. No había más personas en el vehículo, iba a trabajar. Se llama Eneritz y es limpiadora. Sigue nerviosa, le duele el cuello. Me pregunta por su brazo roto, me dice que tiene que llamar a su novio y a su madre. Dos segundos después me dice que no puede cogerse la baja, que no está asegurada. Llora, aún más.

               Aparece un policía muy joven, más que yo. Me dice que tiene que hacerle la prueba de tóxicos. Tiene las manos muy grandes y callosas, no creo que sean de trabajar, serán de algún gimnasio. Lleva las mangas recogidas y los bíceps bien marcados, no lleva guantes. ¿Para qué? pensará. Le contesto que no es el momento pero no me entiende. Cierro la ambulancia en sus narices. Eneritz necesita intimidad mientras habla con su familia. Mi compañero, que está dentro, le ayuda. Le aseguro al policía que le harán la prueba de tóxicos en sangre para quitármelo de encima y voy a interesarme por el otro accidentado y el equipo compañero de la otra ambulancia.

               El hombre está sentado en el arcén, con la mirada perdida en la inmensidad. Está bien. Todo el golpe se lo ha llevado una furgoneta destrozada por completo. Me mira con ojos de súplica. Tiene las facciones muy marcadas, con ojeras. ¿Se habrá dormido al volante? La situación le supera, se le nota. Rápidamente me pregunta si la chica está bien, si está viva, si se recuperará. Se alivia solo medio instante para después sumirse de nuevo en el vacío. Seguramente se esté haciendo demasiadas preguntas. También iba trabajar, necesita un teléfono para llamar.

               Vuelvo hacia mi ambulancia al encuentro de mi compañero y de dos agentes que nos preguntan por la evacuación. Nos vamos al hospital. Antes, a modo de despedida, el agente novel, aquel chico de gimnasio, hace un comentario jocoso.


           Me ha preguntado dos veces si tenía que pagar algo por la asistencia.  Todos ríen.
           Haberle dicho que síespeta mi compañero entre risas.
           No me hace ni puta gracia.digoNos vamos.— Todos callan. Medio sorprendido unos, medio avergonzado otros.
 



                Trasladamos al hospital. Eneritz ha dejado de llorar y se encuentra más calmada. La hemorragia ha cesado y aún le duele bastante. No quiere mirar el vendaje. Nos despedimos de ella deseándole suerte y que se mejore. Es casi protocolario. Ya no significa nada para mí aunque esta vez puede que sea diferente. Volvemos a la ambulancia para regresar a la base.


                —En este trabajo hay que tomarse la vida con mas humor—rompe el silencio de pronto mi compañero. Es el conductor de la ambulancia, uno de los que mejor me caen. Nos conocemos bastante, no es la primera vez que trabajamos juntos. Sin embargo, sí es la primera vez que soy tan cortante con él. Sé que es buena gente, seguramente este muy sorprendido.

                —Imagina por un momento que te retirasen el carnet de conducir. Ponte en la situación.


                Vuelve el silencio. Enciende la radio para poner la primera emisora que encuentra. Una música banal y casi fiestera nos envuelve. Regresamos a la base, a nuestro trabajo. Desayunamos con el oído puesto en la emisora. Puede que, aunque a veces algunos no lo vean, algún trabajador como nosotros, en algún lugar necesite nuestro auxilio.

                Emergencias es nuestro trabajo y también el derecho de cualquier persona. Quizá más derecho aún de quien además de trabajador se siente de la clase trabajadora, pues nos valora en nuestra justa medida. Puede que nosotros a ellos no, no lo sé. Termino estas líneas preguntándomelo.