sábado, 23 de abril de 2011

Metsästys Revontulet (A la caza de la Aurora)


                Desde que llegamos a Finlandia supimos que la experiencia más inolvidable de todas iba a ser la de ver auroras boreales. Estábamos realmente ilusionados con ello pese a que el parte meteorológico que sacamos de internet no era muy halagüeño: solo la primera noche estaría el cielo despejado, la segunda parcialmente nuboso y a partir de ahí mal tiempo toda la semana. Otro dato que no nos daba mucha confianza es la experiencia de un grupo de compañeros tres semanas antes que trataron por todos los medios de verlas pero no quisieron aparecer. Pese a todo el ánimo seguía intacto y también teníamos algunos datos a favor, la semana anterior la temperatura fue de menos cincuenta grados, es decir, la atmosfera seguiría fría aunque en superficie “sólo” hiciera menos veinte.

                Pero con la energía desbordante típica del recién llegado nos planeamos la excursión. En un principio pensamos que dando una vuelta alrededor del pueblo en algún sitio de podrían ver así que nada más terminar de comer uno de los franceses y yo decidimos dar una vuelta exploratoria a la casa para ver si había empezado ya el suceso. Como solo íbamos a dar un vuelta mientras el resto terminaban de cenar y se preparaban y encima estábamos entusiasmados apenas nos abrigamos: pantalón de chándal, camiseta normal y corriente, abrigo de esquiar gorro y botas (yo como tonto que soy sin calcetines). Craso error. Cuando dimos la vuelta completa y nos íbamos a meter en la casa (temperatura del lugar veintitrés grados bajo cero) nos encontramos que los franceses, excitados como nosotros o más, lo habían dejado todo tirado y cogían el coche para ir a algún paramo remoto… así que no subimos al coche sin reparar en que apenas íbamos abrigados.



                No he pasado más frio en toda mi vida. Fue horrible. Ni haciendo flexiones ni saltando ni pegándonos el francés y yo había forma humana de entrar en calor. Al principio fue todo bien por lo que no reparamos en lo que pasaríamos después. Sin saber muy bien hacia dónde dirigirnos y con el hándicap que supone que se te congelen todas las lunas del coche (casi nos matamos al confundir un camino con un claro entre arboles) acabamos en una especia de nave industrial maderera que tenía alrededor un claro talado de arboles. Esperamos durante cerca de tres cuartos de hora y apenas vimos nada. Cometimos dos errores fundamentales. Primero fuimos demasiado pronto cuando la temperatura aun no había bajado lo suficiente (serian las diez y media) y segundo nos metimos en un claro rodeado de montes donde fue casi imposible orientarnos y encontrar el norte (pues es hacia donde se orientan).

                 Algo decepcionados cogimos el coche y empezamos a hacer cosas con sentido. Tomamos la carretera que unen Levi con las ciudades del norte y así la orientación (relativamente) sería la correcta. Quince minutos después y desde el coche, al pasar por un puente, vimos una nube muy rara que no sabíamos muy bien que era y le sacamos una foto. Fue increíble. Gritamos de emoción como si en ese momento Inhiesta se encontrase rematando contra Holanda: se veía perfectamente una mancha verde en el cielo. Fue una sensación rara, por un lado una euforia desmesurada pero por otro una decepción enorme: ¿Tantas ganas para ver una nube? Con más entusiasmo que tino empezamos a recorrer la carretera buscando comarcales o caminos que nos permitieran subirnos a algún cerro. Hasta que en un área de descanso donde paramos lo vimos perfectamente.

         Esta fue mi primera foto a "eso" que no sabíamos muy bien que era.

                Era extraño, casi podría decirse que mágico. Se notaban como unas ondulaciones en el cielo, como si el cielo se plegara y desplegara solo. Otras veces como nubes que no eran del color de las nubes, verdosas pero oscuras, extrañas, como si fuesen cortinas de oficina deformadas. Y de pronto ¡zas! Se iluminan y empiezas a verla de color. Las que vimos eran verdes y amarillentas. Algunas con un filo rojizo en la parte inferior. En realidad daban una sensación como de miedo. Porque nosotros sabíamos lo que eran pero en ese momento me imagine al primer hombre que vio eso y pude entender el temor. No tengo una palabra real para describirlas. Son preciosas, pero a la vez son raras. Si no te haces (o no te quieres hacer) una imagen previa de lo que vas a ver es como si algo raro fuera a suceder. Ya no solo por el color sino por lo rápido que se “apagan” o se mueven. Y sobre todo por su extraña forma. También es cierto que es una impresión inicial, después es genial. Da una emoción como cuando ves una lluvia de estrellas y una sensación de paz como al ver un atardecer cervecita en mano tirando en una hamaca.

                Tardamos como una hora en encontrar aquella área de descanso y estuvimos viendo las auroras cerca de dos horas y media. Así que, teniendo en cuenta lo bien equipados que íbamos algunos de nosotros… la experiencia no fue tan buena. Al principio saltas un poquito, disimuladamente, estas en la fase macho alfa también llamada “nos la sacamos y la medimos (sí los tíos somos así). Miras al francés congeladito perdió como tú y le dices que por muy francés que sea, tú eres un chicarrón del norte. De paso aprovechas y recuerdas que por mucho que digan la mascota francesa más que un gallo es una gallina. Poco después los saltitos son más que evidentes y se acompañan de sacudidas de brazos y piernas dejas de sentir las rodillas y las gónadas pasan a un modo que denominaríamos retráctil. Estas en la fase gregaria o intelectual. Comienzas a increpar al grupo sobre algún punto cercano donde se verían mejor y con más precisión y belleza o te inventas lo que sea para volver al coche. Al no oír tus sugerencias pasas directamente y en segundos a la fase de suplica combativa o aceptación.



Ahora ya no puedes negar que tienes un frio que parecen doce fríos juntos y empiezas a picar a tu colega francés con lo que sea con tal de que te pegue. Si, habéis leído bien. Tampoco pelea… pelea, algo mas amistoso: empujoncitos, toquecitos en el hombro, carreras… párteme la cara a ver si aún tengo sensibilidad… lo típico. Hace tiempo que has dejado de sentir los pies con lo que andar por la nieve empieza a ser peligroso y comienzan los uy-uy-uy-uy-que-me-mato con lo que te pasas la mitad del tiempo en alerta (un horror). Y es que si te caes pues te caes y ya está, te quedas tranquilo me caído pero no me he escalabrado. Si solo sufres amagos es una ansiedad pre-hotión difícil de soportar y más cuando ya has dejado de tiritar y empiezas a preocuparte por ello. Irremediablemente pasas a una siguiente fase: la del dolor. Te comienzan a doler todas las partes que antes no sentías, es como si algún gordo de ciento cincuenta kilos estuviese de puntillas sobre tus pies. Lo mejor es que ya por fin, en ese punto, volvimos al coche rumbo a casa.  El termómetro interior marca -34 ºC pero os aseguro que la sensación térmica tuvo que ser mucho peor.

Una vez en casa y con los pies aun dormidos vi como las puntas de mis dedos tenían una cierta coloración azulada (no os voy a dar la charlita médica pero eso bueno no es). Tampoco voy a ser exagerado no era un color demasiado preocupante y en cuestión de un minutillo al calor de la casa todo volvió a la normalidad y el hormigueo desapareció. Los siguientes días seguimos saliendo a buscar auroras siendo estas cada vez más espectaculares. Un día llegamos a verlas directamente desde la casa, con lo que si nos hubiéramos movido habrían sido realmente increíbles. Por suerte no hizo tan malo como nos advirtieron y pudimos disfrutar de cielos casi despejados por completo hasta el jueves cuando las nubes ya poblaron el cielo y empezó a nevar.

Con todo solo deciros que fue algo increíble. Jamás hubiera imaginado que las vería tan bien. Sobre todo porque, pese a la “decepción” inicial el resto fue todo cada vez mejor y las fuimos aprendiendo a apreciar y a verlas sin tanta ansiedad con más detenimiento y calma. A disfrutarlas más en definitiva. Además aprendí la importancia de ir bien preparado a los sitios y… aunque sé que aquí estoy exagerando, creo que ahora me parecerá aún más increíble cómo pueden soportar los alpinistas esas temperaturas y las congelaciones que sufren a veces. Como siempre os digo: podría haber sido peor.

¿Que bonito con el reflejo del lago verdad? Que buen fotografo soy... es el capó del coche que lo usé de tripode xD

viernes, 22 de abril de 2011

Revontulet (Aurora Boreal)


                Las auroras boreales es algo que siempre he querido ver. Desde que supe lo que eran me interesé un montón por entender el fenómeno y por conocer las probabilidades de presenciarlo. Al principio, quien te lo cuenta y no lo ha vivido, no sabe explicar muy bien que es. Suelen decir que es algo así como unas luces de colores que ondean en el cielo nocturno pero que a veces se ven también en verano en los eternos atardeceres que no llegan nunca a la noche (por encima del círculo polar existen semanas o meses en los que no se pone el sol). También cuentan que no son difíciles de ver pero que tampoco se da todos los días, cuentan que tiene que ver algo con el sol… nada claro. Y si a eso le sumas que yo tendría unos trece o catorce años cuando conocí el fenómeno por una fotografía… el cacao mental era monumental.
                Lo podéis buscar por wikipedia si queréis, pero voy a intentar explicarlo lo más claro que pueda para que no os pase lo mismo que a mí. La explicación es sencilla a grandes rasgos y tremendamente complicada (al menos para mí) si ahondas en el tema. 



¿Qué es una aurora boreal y porque se produce? 
 
Una aurora boreal es el fenómeno que se produce por la colisión de partículas solares en la atmósfera polar. ¿Por qué se producen? Básicamente cuando se produce una tormenta solar (explosión en la superficie del sol equivalente a unas veinte bombas atómicas como mínimo) se expulsan hacia la tierra material, como si fuese metralla para entendernos. Esa metralla esta ionizada, es decir está como imantada, cargada de energía y por eso es atraída en mayor medida por los polos terrestres que tienen mayor carga que el resto del globo (como los extremos de un imán).  Esas partículas al entrar en la atmósfera chocan con las partículas de oxigeno e hidrógeno (las más abundantes de la atmósfera) dándoles así parte de la energía que llevaban. Es entonces cuando el oxigeno y el hidrogeno excitados a tope (es decir súper imantandos, con mucha energía, muy excitado después del hostión) no pueden soportar tanta excitación y ceden esa energía a la ionosfera (una capa de la atmósfera) en forma de luz. 



¿Por qué no son siempre del mismo color o del mismo tamaño? 

La luz será de diferente color en función de la concentración de nitrógeno oxigeno y otros gases en la atmósfera debido a que cada gas tiene propiedades diferentes (capacidad de coger y emitir energía) y la energía es expulsada en espectros diferentes (un color u otro). Como la composición de la atmósfera no es estable la concentración de los gases varía de un día a otro e incluso de unas horas a otras. Así el oxigeno es el responsable de los colores más abundantes de las auroras: verde y amarillo. También puede participar en el rojo pero es menos recuente. El nitrógeno por su parte es el responsable de la coloración azulada y el Helio de la roja y rosa. De todas maneras el color resultante es una mezcla de gases por lo que los colores no son puros sino que dependen de la coloración

En cuanto al tamaño influye la cantidad de materia emitida por el sol así como la carga energética de las partículas y el ángulo de incidencia. Para entendernos cuando juegas a fútbol y te colocas en la barrera no es lo mismo que chute Messi (que lo hace despacito y con efecto) a que chute un cañonero. De la misma forma que no será lo mismo que el balonazo te dé en toda la cara que te roce las canillas. También es importante apuntar que la contaminación lumínica influye en la visión de estas, más adelante lo explico.


¿Por qué solo se producen en invierno? 

No es cierto que solo se produzcan en invierno, ya que tormentas solares se producen sin previo aviso cualquier día del año. Los meses típicos son entre octubre y marzo aunque los mejores de todos enero y febrero. Esto es así porque durante esos meses la atmósfera tiene una temperatura menor haciendo más fácil el fenómeno. Explicación sencilla: menos temperatura significa menos energía, si los gases tienen menos energía pueden coger más. Es decir podremos almacenar más agua en un depósito que este mínimamente lleno, que en uno que este a la mitad de su capacidad.



¿Por qué solo se ven en los polos? 

No es totalmente cierto que solo se vean en los polos aunque si es verdad que es donde más probable es. Esto es por dos motivos. Primero que son las zonas con mayor carga eléctrica del planeta, es decir donde el imán llamado tierra hace mayor efecto y atrae más partículas imantadas. Segundo porque en los polos la tormenta solar entra de forma tangencial (las partículas atraviesan por más tiempo la atmósfera con lo que las posibilidades de chocar aumentan). Además esto se acentúa por el ángulo de inclinación terrestre exponiendo aún más las zonas polares habitadas. Pese a todo, las grandes explosiones solares producen auroras boreales en territorios mucho más grandes que los polos. Prácticamente en toda Finlandia se han visto auroras, de vez en cuando, aunque siempre en zonas donde hay poca luz. Como curiosidad decir que la mayor explosión registrada en la historia fue en septiembre de 1859 que produjo un montón de trastornos en la red eléctrica de todo el mundo (fundamentalmente EE.UU. que era donde empezaban a instalarlas para el uso del telégrafo, inventado solo quince años atrás) y se pudo ver la aurora en toda América del norte y zonas de Asia.


          Aquí se ve las zonas donde es mas probable ver las auroras (zona en verde) y hasta que zonas pueden llegar a verse sin necesidad de condiciones muy especiales (desde la raya verde hasta la franja del mismo color)


¿A qué se debe la forma y el movimiento de las auroras?
 
Los que nosotros vemos, como ya hemos dicho es la emisión de partículas muy imantadas. Debido a esto estas partículas se colocan en las líneas magnéticas terrestres. Me explico. Igual que si ponemos virutas de hierro en un papel y colocamos un imán debajo las virutas se colocan todas en diferentes líneas y dibujos, la tierra (que es un imán gigante) produce esos dibujos y alineaciones con las partículas súper excitadas de oxigeno y nitrógeno. El movimiento de estas proviene del viento y las corrientes de aire de las capas de la atmósfera. 

Así mismo algunas auroras no tienen forma específica. Esto ya es más difícil de explicar. Haciéndolo sencillo podríamos decir que al igual que una fotografía depende de la cantidad de luz emitida en la película, el ojo humano capta la luz en función a unas variables. Si la luz que emite no está dentro de unos parámetros no la vemos, si sacamos una foto con poca luz y sin flash esta sale pero muchos detalles no se perciben, de igual forma si la luz es excesiva la foto “se quema” y también perdemos detalles. Así, aunque la aurora tenga su forma podemos no apreciarla y ver solo una masa de color. Por lo general las formas son tipo hoguera, tipo cortinas o tipo ráfaga.




 ¿La realidad es igual que en las fotos que se encuentran por Internet? 

No. Siento decepcionaros pero no. Las cámaras de fotos son capaces de captar luz durante infinidad de segundos, incluso minutos y horas en cámaras profesionales. Esto significa que la foto resultante es toda la luz emitida (visible al ojo humano) durante un tiempo indeterminado (veinte o treinta segundo lo más normal aunque pueden ser minutos) y condensada en una sola imagen. Por eso muchas fotos son más espectaculares de lo que la realidad es. Sin embargo aunque no sean constantemente así, sí que es verdad que durante unos segundos (como medio minuto en mi caso, aunque supongo que las auroras mas grandes serán mas visibles) el ojo humano es capaz de ver la aurora igual que las imágenes de Internet. El resto del tiempo se aprecia color, forma… pero no la espectacularidad de las imágenes que aquí os muestro por ejemplo.

            Esta imagen en cuestión sí que se muestra como el ojo humano. Se puede saber porque la imagen no está “quemada” por los faros del coche que son mucho más potentes que la aurora. De haber hecho una fotografía de segundos o minutos veríamos el coche totalmente blanco o difuminado el entorno. Fue sacada en Alaska en 1998


¿Se puede escuchar una aurora boreal?

                Las auroras boreales se pueden escuchar. Es algo muy difícil pero en principio se puede. Hace unos años unos científicos demostraron esto mismo con varias mediciones en Alaska. Como ya hemos dicho este fenómeno es el resultado de múltiples colisiones, millones al mismo tiempo casi. Cada una de ellas emite una “minionda expansiva” (para entendernos) que sumada al resto emiten una vibración que se propagada por el aire haciéndolo audible. ¿Escuchareis algún día las auroras? Lo dudo mucho. Para poder oírlas con el simple oído humano tendríais que encontraros en un lugar sin contaminación sonora. Ni ruidos de pisadas ni respiraciones ajenas ni animales e incluso sin viento o nubes que dificulten la propagación de las ondas o produzcan vibraciones que interfieran. Es decir sino formáis parte de una expedición al polo y estáis prácticamente solos… complicado. No he encontrado el audio pero por lo que relatan en el artículo publicado el sonido es similar a arrugar un papel.



¿Qué hacer para poder ver una Aurora? 

Lo principal es tener suerte. No hay calendarios ni fechas programadas con lo que todo es cuestión de viajar y esperar. En mi caso yo estuve una semana en Laponia y vi auroras todos los días pero apenas tres semanas antes fueron otros compañeros de mi residencia y no vieron ninguna ningún día. Solo puedo daros algunos consejos. Planead el viaje en las semanas mas frías del año, en cualquier web de meteorología tenéis información sobre ello, y fundamental días despejados. Coged un coche o algún medio de transporte (una caminata serviría, pero si os orientáis bien o hacéis una ruta ya definida) y buscad una zona sin contaminación lumínica. Esto quiere decir, que no haya luces de la ciudad visibles en ningún sitio (en Laponia no es algo muy difícil a cinco o diez kilómetros de cualquier ciudad eso parece un desierto) sino veréis las auroras mucho más pequeñas de lo que podrían ser ya que la luz artificial “enmascara” la otra menos intensa. Para entendernos, una linterna alumbra igual de día que de noche, la luz emitida es la misma pero como de día la luz solar es más intensa no apreciamos la de la linterna. Con las auroras es lo mismo. Y si conseguís ir en una semana de luna nueva seréis lo reyes del mambo (por la luz que la luna refleja en la tierra y la atmósfera, igual que las de la ciudad)




        ¿Por qué no se pueden predecir su aparición?

                No se pueden predecir, tan solo estimar. Hay que tener en cuenta que las tormentas solares lanzan partículas en cualquier dirección cosa que hace el cálculo más complicado. Por lo que he podido leer estudiando el sol se puede predecir una emisión de partículas unos tres o cuatro días antes de que se produzca, siendo este un cálculo estimativo ya que lo que se estudia es la acumulación de energía en ciertas zonas solares. Una vez producida la explosión las partículas tardan uno ocho o diez minutos en llegar a la tierra. Por este motivo ver auroras es cuestión de suerte.

              
               
                 Leyendas sobre las auroras:

                Como os podéis imaginar las diferentes culturas que habitaban estas zonas terrestres tenían mil y una formas de explicar de forma mágica y misteriosa estos fenómenos. Para la mayoría las luces suponían la partida de las almas hacia el cielo o el regreso de las almas de los enemigos muertos para atormentar a sus asesinos. Para otro las luces eran antorchas que las deidades que custodiaban el cielo y el infierno usaban para borrar las huellas de que los muertos dejaban de tal forma que los vivos no supieran el camino hacia la eternidad. Durante la edad media se pensó que era el fuego originado de la lucha de dioses y deidades. 

                Para los finlandeses el termino aurora boreal era algo mas poético. Más concretamente en Suomi antiguo se referían a ellas como amanecer del norte (pohjois valjeta) pero usaban la palabra Revontulet que significa fuego del zorro. Para esta cultura la aurora boreal se producía debido a la nieve que levantaba un zorro con la cola que al ascender al cielo se convertían en chispas que lo iluminaban. Aún así casi a ninguna cultura les gustaban y desconfiaban de ellas. Al menos por lo que nos dijeron los esquimales se iban a dormir con sus cuchillos afilados en las noches mas frías… por si acaso

miércoles, 20 de abril de 2011

Päivä Lumikenkäilyn (Día de las raquetas de nieve)



               
                El día de las raquetas de nieve bien podría tener otros nombres, de hecho nadie de los que fuimos habla de lo bueno que fue la caminata sino de que un idiota se cayó a un lago congelado. Lo cierto es que sobrevivió pero se ha ganado desde entonces las risas y bromas de la mayoría de sus colegas.

                Todo empezó como empiezan la mayoría de las cosas: por aburrimiento. Ya habíamos hecho de todo en Laponia y lo que no, lo teníamos perfectamente organizado para otros días. Así que buscando una opción barata (para una que había) y divertida de pasar un día se nos ocurrió hacer una de las miles de rutas que hay para caminar por los alrededores de Levi. Allí como en muchas ciudades Finlandesas existe una tremenda afición por el esquí de fondo con lo que en las oficinas de turismo podéis encontrar planos y mapas con las diferentes rutas disponibles categorizadas en dificultad y distancia. Otra opción es ir a tu ritmo guiándote por tu intuición pero creedme que allí los bosques son monocromáticos y los lagos tienen  sus diferencias pero a veinte bajo cero de media se te escapan como arena entre los dedos. Así pues nos fuimos a una tienda de Intersport a alquilar las raquetas y con los planos que nos dieron en información y turismo nos lanzamos a la aventura.

                Al principio fue todo muy bonito. Grandes paisajes con casas escondidas entre la naturaleza. Algunas en repechos, altivas, desafiando la soledad de hielo y viento que cubrían los lagos y otras, las menos, abigarradas en detalles y lujos cerca de carreteras principales donde por primera vez se veía, a lo lejos, algo de vida en lo deshumanizado del valle. El día no era el más propicio, las nubes no solo ocultaban el sol sino que jugueteaban con el viento y la niebla a fundirse y escaparse haciendo inhóspito un camino que por lo demás era precioso. Cruzamos un amplio lago alimentado por un riachuelillo pequeño y accidentado desde el que comenzamos a subir la colina más alta, que no tendría más de doscientos o trescientos metros, que encontramos por la zona. No fue difícil el acceso ya que el camino programado rodeaba el montículo pero a medida que ascendíamos el camino se escarpaba y las huellas de antiguos paseantes, disimuladas por la  nevada de la noche anterior, iban desapareciendo complicando cada vez más nuestro avance. 

       Lago que cruzamos para llegar al montecillo


                Pese a todo, algunos con más pena que gloria y otros que parecían llevar el espíritu de Admunsen todos conseguimos llegar arriba no sin resbalones caídas y tropiezos varios. Pareció que habíamos subido a una montaña tres o cuatro veces más alta cuando en realidad ese alto es parte de una ruta de trekking estival… pero con nieve todo cambia. Entre que la nieve que nadie ha pisado y no le ha dado tiempo a congelar sigue esponjosa y por tanto quebradiza, que no estamos acostumbrados a las raquetas ni a la marcha noruega con bastones y que tampoco somos deportistas de élite, tardamos casi una penosa hora y media larga en subir. Una vez arriba, cansados, deseando contemplar las vistas la sorpresa fue mayúscula: era la misma vista de siempre. Miles y miles de árboles espigados recio tronco y hoja rala, el lago que poco antes habíamos cruzado y la espesa niebla que dejamos atrás. Aún con todo y para no perder las tradiciones se volvió a escuchar repetidas veces “foto tuenti.”

                La bajada fue la mejor parte. Aprovechando que la nieve resbalaba desarrollamos una técnica que ni los antiguos samis: El culo resbalante. Y es que no había forma más sencilla, divertida y sobretodo segura que lanzarse bosque a través que con el culo como trineo y las raquetas a modo de freno. Aún así tampoco os lo recomiendo demasiado pues cuando te caes en los socavones que la nieve va formando… duele. Llegamos de nuevo al lago y al cruzarlo nos encontramos con varios grupos de motos volviendo a casa (empezaba a anochecer) y a un solitario pescador sentando frente al agujero del hielo con sus sedas y cañitas. Nos contó que dedicaba unas tres o cuatro horas de sus días de vacaciones (estábamos en plena semana vacacional finesa). Era su hobbie. Lo cierto es que no capturaba mucho, tan solo vimos una especie de salmonete pequeño y un pez tipo trucha pero más pequeño despedazado con la que cebaba el anzuelo. Sonriendo nos dijo que perdía más peces cebando que los que pescaba pero que se divertía así. 

        Esto es lo que pasaba si te quitabas las raquetas


                Y entonces llego el momento cumbre de la expedición. Después de sacarnos fotos con el pescador y alucinar al ver que el objetivo de la cámara estaba congelado, seguimos la caminata. Uno de los franceses iba mucho más adelantado que los demás. Justo por detrás le seguía yo, como a unos siete metros, unos veinte o treinta por detrás el resto. Nos acercábamos al riachuelo de antes para sacarle unas fotos. De repente el francés dijo: “ne vous approchez pas, parce que j´ai entendu la fissure de la glace” que quiere decir: “No os acerquéis que he oído el hielo crujir”. Yo que entre que soy muy tonto y que no tengo ni idea de francés entendí: “Venid para aquí que esto es muy bonito” Así que como podéis imaginar escuche perfectamente al acercarme lo que es un bloque de hielo, que parece seguro, crujir bajo tus pies.

                Os prometo que hasta ese momento creía que el peor sonido que un humano puede escuchar era el bufido de un tigre bengala hambriento al oído o las palabras de un medico cabizbajo diciendo es maligno y terminal: ni mucho menos. El peor sonido del mundo es notar como bajo tus pies, cual bramido de ballena oyes como un lamento seguido del mismo sonido que se produce al morder un hielo. En ese momento, aunque nunca has oído algo así, sabes que bueno no puede ser así que tu cerebro, cual película de Steven Spilberg, activa el modo slow motion y ves como a cámara lenta tus pies ya no se apoyan sobre nada. No os voy a aburrir con socorrido pasaje de ver tu vida en una película ni una luz al final ni nada. Yo vi a Dios.

Más concretamente vi a Bear Grylls. Le vi perfectamente en el episodio en el que se tira a un agujero en un lago congelado y explica cómo salir. Sí, yo tampoco le encuentro el sentido y si creyera en las apariciones marianas sé que ahora mismo debería rezarle a él en vez de a Jesús, pero es lo bueno de ser agnóstico… que me la pela. Lo cierto es que de verdad que me acordé, visualicé perfectamente lo que dijo en el capítulo: busca un punto de hielo firme y concentra todas tus fuerzas para saltar a él en un solo golpe o movimiento y una vez allí gatea todo lo que puedas para repartir el peso. Y así lo hice. En mi caso fue más fácil porque no llegué a sumergirme por completo y reaccioné pronto por lo que pude apoyarme en los fragmentos que flotaban aun sin despedazar y el agujero era más bien pequeño. Solo sumergí la pierna izquierda y la derecha hasta la rodilla, eso sí me entró agua por la tripa al cogerme al hielo y creo q fue lo peor porque lo de las piernas se focaliza allí pero el frio de la tripa me llegó hasta el cerebro.  Es curioso como durante meses discutí con algunos amigos que tachaban de farsante a este personaje por utilizar un equipo detrás para grabar sus programas. No es que yo fuera un fan suyo pero siempre he creído que lo más valioso eran los consejos que daba y el resto… un show. ¿Cuándo vas a necesitar utilizar la piel de una serpiente bífida del Orinoco para filtrar orina de búfalo en un desesperado intento por no deshidratarte? Bien, pues yo nunca creí que tuviera que salir a gatas de un agujero en el hielo, por muy pequeño que este fuera.

 Foto con el pescador, la nieblilla es porque se congelo el objetivo de la camara

No lo voy a negar: pasé miedo. De hecho si no llega a ser porque se me congeló el ojete igual hasta hubiera tenido un accidente esfinteriano. Lo más triste de todo es que la gente del grupo que iba más rezagada apenas se enteró de lo que ocurría y creían que estaba haciendo el tonto gateando por la nieve.  Y una vez visto el agujero, que no tendría más de dos metros y medio o tres de diámetro, a cualquiera le hubiera parecido mucho más ridículo haberlo pasado mal. Como consuelo me queda que el francés se asustó tanto como yo al verlo en directo, tanto que pronto empezaron a decir que me quitara la ropa o las botas por el frio, pero me negué. Si me las llego a quitar ya no me las hubiera podido volver a poner.  En realidad no pasó nada grave porque el lago estaba cerca del pueblo con lo que no dio tiempo a que perdiera demasiado calor con la ropa mojada. Resulta realmente incomoda esa ropa tan aislada del exterior que cuando se moja, en su aislamiento te mantiene el agua dentro y parece que estés pisando un cubo de barro húmedo y cremoso.

                Poco después me encontraba en la casa disfrutando de un nuevo y suculento plato de, como no, espaguetis con salchichas. Todo quedó en una anécdota pero le hace pensar a uno las consecuencias de no hacer caso a lo que los lugareños le advierten. Al poco de llegar a Finlandia mi tutora me advirtió que jamás, por nada del mundo, caminase sobre un rio congelado y menos aún si no lo conozco. El espesor del hielo puede variar debido a la corriente del agua que circula por debajo y esto no se aprecia desde fuera porque el hielo se adelgaza de abajo hacia arriba y no al revés. Así que aquel riachuelillo, por pequeño que fuera, derritió el mas de metro de hielo que había en el lago (puede que en la orilla fuera menos, pero es lo que el pescador nos dijo que él mismo había medido) dejándolo en un espesor suficiente como para que ochenta y tres kilos lo partieran. Al final y como casi siempre: podría haber sido peor.


martes, 19 de abril de 2011

Päivä Kelkkareitti (Día de la ruta en moto de nieve)



               
                Como os conté en la entrada de un día finés, las motos de nieve son algo que no debéis perderos si tenéis ocasión. Son divertidas, fáciles de manejar y la sensación de velocidad es increíble.  Debido a esto el día que alquilamos las motos fue uno de los días más esperados por todos. Llegados a la tienda de las motos nos hicieron firmar un papel donde declarábamos tener el carnet de conducir en vigor en nuestro país de origen y que por tanto teníamos los conocimientos necesarios para manejar la moto. Era un mero trámite. Una de las chicas que no tenía carnet dijo que se lo había olvidado en casa y firmó igualmente. Debe ser algo así como una forma de evitar la responsabilidad civil subsidiaria en caso de accidente. De hecho nos avisaron de que tenían un seguro en caso de accidente que cubría el rescate y traslado de heridos en caso de accidente y otro para daños en los vehículos de hasta seiscientos euros, averías más costosas correrían a cargo del accidentado. Cierto es que no era nada halagüeño así de inicio, pero como leeréis más adelante muy necesario.
Nos vistieron con unos monos muy parecidos a los que llevamos con los huskies, botas de moto, escafandra de algodón y casco. Teníamos una pinta horrible. Éramos como bebés grandes y gordos con el pañal dos tallas mayor, al que le habían puesto el casco de la hormiga atómica. ¿Pero a quién le importaba? Fuimos allí buscando adrenalina y entre las ganas de empezar y el descojone de vernos así vestidos fue la escusa perfecta para sacar la cámara y desesperar a los de la tienda al grito de “¡foto facebook!”. Cuatro instrucciones básicas sobre el manejo de las maquinas y la normas viales y nos pusimos en camino.

                El viaje fue muy ameno. No sólo por los sitios y parajes que vimos en los que cruzamos bosques lagos congelados y sendas varias, sino por que pudimos poner a prueba la maquinaria abriendo gas hasta alcanzar los ochenta-noventa kilómetros por hora. Yo concretamente me quede un poco rezagado del grupo a propósito para testar la velocidad punta de la moto pero no me atreví a superar los 120 kilómetros por hora. Las pistas eran buenas, nada que ver con la travesía a través de huertas y campas llenas de nieve virgen y socavones por cualquier lado que me hice cuando estuve en casa de mi profesora. Estas eran autenticas vías de circulación de motos de nieve como podrían ser las carreteras para los coches. Estaban bien alisadas y tenían buena visibilidad. Pero aún así, entre mi inexperiencia y que por muy liso que sea el piso no deja de ser nieve lo que se amontona en estas vías, a esa velocidad la sensación de que te la vas a dar es suficientemente intensa como para dejar de acelerar.

Las vías estaban muy bien equipadas. Tenían señalización propia, límites de velocidad (60 km/h en la mayoría de los tramos), señales de prioridad en los puentes y carteles indicadores en los cruces de caminos. También existía delimitación en los lagos congelados. Pivotes plásticos reflectante se apostaban a los lados de la senda clavados en el hielo dividiendo así el ancho del hielo entre rutas para esquí-fondistas, para pescadores en hielo y motoristas. Así mismo, como descubrimos después existe un mapa de carreteras para este tipo de desplazamientos muy comunes en estos lares. 

A los cinco kilómetros más o menos, y como ya nos habíamos familiarizado con el terreno y las carreteras empezamos a relajarnos en la conducción y a dar acelerones y a aumentar la velocidad. El instructor estaba muy atento a nuestros movimientos pero se le notó aliviado al ver que no tendría que ir a cuarenta todo el viaje. Y cuando todo parecía ir bien dos españolas tuvieron un accidente. Al tomar una curva la moto se ladeó un poco y cuando consiguieron enderezarla (iban muy despacio a unos treinta o cuarenta km/h) inexplicablemente aceleraron a todo gas y tomaron la curva en recto. Fue todo muy rápido. Al principio me sentí aliviado pues partieron dos árboles jóvenes contra los que se chocaron y que frenaron bastante el empotre posterior contra otra mucho más maduro y asentado. Desde la carretera tampoco se veía nada, ni siquiera si estaban bien debido a toda la nieve espolvoreada que dejaron a su paso y la humareda que salía del motor.

             Signo de ojos de Mapache


Cuando me acerqué para ver que tal estaban las dos se movían y hablaban lo cual siempre es un dato positivo pero cuando me encontraba a cinco metros de ellas la que conducía se levanto la visera del casco y se me heló el corazón. Creo que ha sido la reacción más ridícula y penosa de mi vida profesional (no os voy contar mi vida pero para los que no lo sepáis trabajo como enfermero en ambulancias de emergencia en España) Resulta que estaba llorando y tenía todo el rímel corrido y esparcido por el parpado inferior y yo lo confundí en un primer momento con un signo de fractura de cráneo llamado signo de ojos de mapache. Ya no sólo porque me quede parado durante segundo y medio sin creérmelo del todo sino por la cara de subnormal que se puso al secarse las lágrimas y curarse el signo.

                Al final no paso nada. Ambas se encontraban bien. Una histérica perdida pensando que se había cargado la moto y le iba a tocar pagarla y la otra con una ataque de risa monumental del que sólo salía para decir entre dientes “que ostia macho, que ostia”. El humo del motor resulto de la combinación de un motor en pleno funcionamiento y el aire a veinte grados por debajo de cero. El instructor tuve que talar tres arboles con un pequeño hacha que llevaba encima y una vez sacada la máquina del bosque, de vuelta a la carretera con el susto en el cuerpo aún. 

                No llevó a una granja de renos que estaba situada en mitad del camino donde nos tomamos un café y conseguimos relajarnos finalmente. Hablando ya mas tranquilamente con el guía nos contó que los accidentes de moto de nieve son muy comunes en Laponia. Más concretamente cada semana dos o tres turistas tenían un accidente con sus travesías. Preguntamos por si hubo algún herido grave y en sus dos años de experiencia unas cinco personas tuvieron que ser trasladadas de urgencia al hospital de las cuales dos murieron. Por lo que nos dijo no existen estadísticas oficiales pero en torno a unos 5 o 6 turistas mueren al año en accidentes de este tipo (sin contar los propios fineses) y en las carreras profesionales de este tipo raro es el año que no hay un accidente mortal en alguna de las categorías. Todo esto no os lo puedo asegurar porque aunque lo he buscado no hay datos cien por cien fiables pero esto es lo que él nos dijo.



                Después de la conversación de accidentes y muertos que no tranquilizó para nada a las accidentadas nos sorprendimos enormemente con las preguntas que nos hizo. Resulta que era un fan acérrimo de la guerra civil española y le encanta leer novelas históricas al respecto. Nos hizo varias preguntas respecto a como se ve actualmente este periodo y si aún existen dos Españas tan diferentes. Satisfecha su inmensa curiosidad retomamos el viaje no sin antes constatar algo que ahora no me sorprende tanto pero que en su momento fue increíble. Tanto la escafandra como la visera del casco (donde apoye la escafandra) se habían congelado, tanto que era impensable volverse a poner la tela de algodón. Así que con la escafandra del guía y con la visera levantada continuamos el viaje. 

                Lo retomamos de forma cansina y lastimera. Las chicas no querían asumir riesgos y el guía tampoco estaba tan animado como al principio por lo que no pasamos de cincuenta en ningún momento. Bien es cierto que me rezagaba a veces y utilizaba las enormes rectas para sentir la velocidad pero pronto descubrí algo más entretenido: derrapar sobre la nieve y cruzar la moto en las curvas. Es algo demasiado fácil de hacer como para no probarlo. Al principio me daba algo de miedo pues más de una vez se me ladeó la moto y no es una sensación agradable, pero una vez juegas con el peso de tu cuerpo (tipo quad) y con la capacidad de resbalar de la nieve todo se convierte en un juego divertido y sobretodo más seguro que buscar la velocidad punta del motor. Así pues y con un final muy calmado volvimos al punto inicial deseando probar los manjares que nos esperaban en casa: arroz con salchichas.


domingo, 17 de abril de 2011

Kämppäkaveri (Compañero de piso)




                Venirse a vivir a un país diferente es algo que se lleva mucho mejor si te rodeas de buena gente. Hacerte con una cédula internacional propia a modo de rebaño que hace todo más fácil y llevadero. Por eso cuando, a las tres semanas de venir, me dijeron que iba a tener un nuevo compañero de piso me alegré un montón. Por fin tendría un compañero de fatigas real con el que compartir experiencias. Es cierto que tenía otros compañeros en el resto de la residencia pero parece que hermanarse directamente con alguien con el que vas a compartir tantos ratos… es mejor.
                
                Lo primero que pensé al verle con su jersey de pico, gafapasta y pelito repeinado es que me había tocado una rata de laboratorio devora libros. Pero bueno con unas cuantas cervezas y buena fiesta cualquier oveja negra retoma el camino correcto y se convierte en el más capaz de los txikiteros bilbaínos. Nada más lejos. El chico de empollón nada, lo que pasa que me había tocado un chico “alternativo” y un poco pijillo. Genial me dije. Este seguro que guarda el tipo los primero días luego se desmelena y luego es una caña de muchacho. Además es húngaro, país no muy caro y perfecto para tirarse una vacacioncillas de vez en cuando con la escusa de visitar viejos amigos.
  
               Al principio todo fue muy bien. El chaval parecía majo, hablaba muy bien inglés y le gustaba salir de fiesta como el que más. Además también estudiaba fisioterapia lo que nos uniría más si cabe. Pero eso fue durando más bien poco, unas dos semanas. A partir de ahí cuando cogió la confianza suficiente y como se suele decir la confianza da asco… él me lo empezó a dar. Creo que si tengo que definirlo de alguna forma es: cerdo antisocial. Y no es que me caiga mal el muchacho, fuera de nuestro piso es un tío encantador con el que da gusto conversar y salir a tomar algo, pero dentro de casa es una especie de fantasma que pulula, sin decir ni hola ni adiós, del que solo sé que vive por los restos de mierda que va dejando después de cocinar. Bueno por eso y porque el mapache que ha nacido de la bola de pelos que hay en el desagüe casi me muerde un pie el otro día cuando me iba a duchar.
      
             

                Y el tío parece conforme viviendo así. Da lo mismo que la bolsa de basura lleve cinco días en la puerta esperando que un alma caritativa la arroje definitivamente al contenedor que el muy húngaro ni se inmuta. Que se hace esa especie de pollo precocinado grasiento que compra deja grasuza en todo el horno, pues esa misma grasaza seguirá ahí para darle sabor ahumado a la pizza de la cena del día siguiente. Si es que el chaval no limpia el horno, lo piroliza. Que las migajas requemadas de la bandeja del horno amenazan de cáncer a todo alimento que se pose sobre él, pues se le pone un papel albal encima ¡sin quitar las migas! Y se vuelve a cocinar hasta que se evaporen las cenizas. Así hasta el infinito. 

                 Y da igual lo que le digas. Oye… que habría que limpiar la cocina que ya no hace falta ni que unte de mantequilla las tostadas… con posarlas en la mesa me vale – Oh yes yes… y se mete en su cuarto. Oye que aquí antes había tres sillas y ya no hay ninguna, no sé que has hecho con los cucharas pero es que a ver cómo me como yo ahora la sopa – I don´t know… y para el cuarto otra vez. Tiene unos huevos que ni el caballo de Espartero (y perdón por la expresión) Lo dice así, sin inmutarse, sin hacer mueca alguna en esos diminutos y inexplicablemente juntos ojos que tiene. Y lo peor es que el hijo de la gloriosa Hungría me lo lleva haciendo desde que llegó. Desde entonces no solo he aprendido las maravillas de la fisioterapia sino que podría haberme doctorado en biodiversidad de la fauna y la flora que ha habitado mi piso. Como ya dije antes existe un mapache peludo en la ducha, por la que aun inexplicablemente sigue filtrando el agua, que ya se ha apoderado de un par de cartoncitos de papel higiénico a modo de parapeto. Así mismo he descubierto como las bolsas de basura, hartas de la agonía de estarse semanas sin que nadie repare en ellas, ellas mismas se agarran por las asas y se tiran solas al contendor ante la mirada impasible de mi compañero de piso.

                Ahora que yo he contraatacado. Si nos come la mierda nos va a comer a bocados. Ya no me preocupo por limpiar más que mi cuarto, a ver si con un poco de suerte los servicios sociales confunden mi piso con el de alguno con síndrome de Diógenes y se lo lleva algún centro para espabilarme al chiquillo. Pero se ve que no. La neblina verde fétida que sale de su habitación cada vez que seca la ropa colgándola dentro (aun no entiendo porqué no usa la secadora como todo el mundo) no ha llegado a suficiente nivel como para que declaren la zona insalubre. Tan solo sirve para que algunos compañeros pregunten si el mapache ha muerto definitivamente y su cadáver entraba en descomposición. 

        No es mi cocina, pero podria haberlo sido
  
                Con el tiempo hasta le estoy cogiendo cariño a esto de la mierda en casa, porque tener la casa como un estercolero mola. No gastas en aceite, las sartenes vienen aceitadas del armario. Además es todo muy sorprendente, yo he descubierto todos los colores por los que una mancha de tomate en el suelo pasa hasta que la descomposición la convierte en polvo y/o otra mancha ocupa su lugar. Ya no me cabreo porque nuestra mascota me muerda al entrar en la ducha… así no me corto las uñas y de paso de exfolio los tobillos. Y es que son todo ventajas. Que me enervo, me crispo, me entran los siete males porque utiliza el baño durante tres cuartos de hora dejándome los últimos cinco minutos para ducharme y prepararme antes de salir, luego cojo la bici y con esa ira homicida me recorro los tres kilómetros que separan la universidad de mi casa en cuatro minutos.

                Después de todo ya se me ha acabado el sufrimiento. Mañana se va para no volver. No ocultaré que no me da ninguna pena que espécimen semejante se vuelva a su amada patria y me deje en la soledad de mi piso vacío. Va ser un descanso tal que temo voy a engordar como doce kilos. Solo espero no tener que cabrearme demasiado para que el último día limpie a fondo toda la mierda que hay en mi cocina que con la montonera que hay nos da para seis capítulos de CSI y para que House resuelva doce o trece casos. Solo espero que si vuelvo a tener un compañero no intente forrar de bolsitas de pato WC la taza del váter para no limpiar, o que no deje el pan Bimbo enmohecerse hasta que surja vida de la rebanada.