domingo, 29 de enero de 2012

Desempolvando escritos

       


                 A veces, cuando echas la vista atras te das cuenta que aunque crees que tu pensamiento ha evolucionado, cambiado o simplemente tomado un rumbo de 180º grados respecto a un estadío previo, te topas con algo olvidado, enterrado entre miles de documentos y pensamientos escritos en los cuales de forma sucinta describes lo mismo que piensas en la actualidad. Y es que a los que vivimos intensamente el espiritu perroflaútico emanado por el 15M nos sucede, equivocadamente, que creemos haber descubierto un mundo nuevo. Un mundo lleno de nuevas filosofías, proyectos novedosos y demandas nuevas y creativas, nada mas lejos de la realidad. Al menos en mi caso, lo que me sucede es que quizá mis energias dejaron de hacer oposición al sistema (que yo asimilaba como el mundo) durante mi adolescencia, para dedicarme por entero a criticar mi profesión, el sistema educativo que trataba de asimilarme al sistema y sobre todas las cosas a quienes recibían el legado de las generaciones anteriores sin crítica previa. Y claro, de tanto criticar todo lo que veía y me influía directamente a mi alrededor, me olvidé de lo que me influía directamente pero camuflado de verdad universal: el mundo, el sistema.  

    Hoy a raiz de ver el programa de Évole, Salvados, y escuchar a Jose Luis Sampedro me he acordado de algo que escribí en este blog hace ya mucho tiempo, meses antes del 15M y probablemente coetaneo al surgimiento de DRY y Juventud sin Futuro en Madrid. Al escuchar a este sabio viviente me he dado cuenta que lo que yo le reclamaba en el sistema educativo es básicamente lo que le reclamo al sistema en el que vivo actualmente

        Aqui teneis la entrada
http://elapagadespertadores.blogspot.com/2011/01/sovittaa-ovat-itsenaisia-reconciliarse.html

        Asi, me he dado cuenta que no ha sido el 15M, ni haber pasado tantas horas escuchando en asambleas y leyendo miles de enlaces reenviados por las miles de redes sociales que hoy conozco, cambiaron realmente mi forma de ver el mundo. En realidad el germen existía. Ya era un perroflaútico nato. Si me remonto a mi adolescencia y a lo que escribía entonces me doy cuenta que lo que me pasó realmente es que me di por vencido respecto al sistema, me institucionalicé. Modifique mis iras contra algo que creía (y aun creo) necesario modificar. No negaré que después de agitar las manos para aplaudir mi pensamiento se ha modulado, mis ideas enriquecidas y mis iras aumentadas xD. 

       En definitiva, y para lo que iba este post es para lanzar una pregunta al mundo. Si cuando era adolescente ya pensaba que el mundo era una mierda, si me fui a Finlandia buscando un "pais de verdad" y si antes del 15M ya tenía las mismas ideas (en germen) que despues con el 15M sobre la mesa creo firmemente... ¿Por qué aún existe gente que piensa que somos producto de la moda? Si lo que me pasó a mi le pasó a tanta gente durante su adolescencia, si hoy sonrien al ver lo que el 15M plantea ¿Por qué no existe un plante general? No quiero caer en la clásica idea de que todo el mundo piensa como uno mismo porque YO si tengo razón. Solo clamo contra aquellos que dan al 15M por muerto cada dos por tres, o los que aun creen que formamos parte de una pataleta producto de inexperiencia vital.
        En suma me quedo con una frase de Jose Luis Sampedro que contesta a esa tipica pregunta que te hacen siempre aquellos quienes en el sistema actual se han enriquecido, normalemente a costa de otros. La pregunta es: Si el capitalismo  ha fracasado ¿Cual será el nuevo sistema? o ¿Que sistema propones?

          "Mire usted, eso es como si un hombre del medievo en las almenas de un castillo le dijera a otro: 
               -El feudalismo esta muerto, ahora existen cañones los castillos ya no valen de nada. 
               -Entonces, ¿Que vendrá ahora? - preguntaría el otro
              - No lo sé, tengo mis ideas al respecto, pero habra que esperar. Si dentro de 50 años alguien me dice que estoy equivocado entonces tendré que reconocerlo, pero ahora dudo mucho que lo esté
        


viernes, 30 de diciembre de 2011

Putasemeak (Los hijosdeputa)




 A 10 minutos de entrar a trabajar me siento en la barra de un bar un jueves de diciembre a tomarme un café rápido para un día largo y pesado. Como en los últimos tiempos tendré que aguantar tonterías, esnobismos y superficialidades varias (ya os hablaré de mi nuevo trabajo) por lo que el contacto con un bar de verdad se agradece. Una mujer de mediana edad con una sonrisa de oreja a oreja me atiende. Se le nota inexperta en el manejo de la cafetera, busca los utensilios básicos denotando que no conoce bien su recién conseguido puesto de trabajo. Además, y como reafirmación de mis sospechas, el chaleco de su uniforme de trabajo que a las claras no está preparado para el talle femenino, tiene un zurcido básico en la parte baja de la espalda. Cojo el periódico para conectarme con el mundo real antes de sumergirme en la selva que es mí trabajo. Increíblemente las siete primeras páginas versan sobre el sorteo de navidad de la lotería. Sorprendentemente el café está muy bueno. ¿Quién se lo hubiera imaginado? Pago y, aunque no suelo hacerlo, dejo propina, se lo ha ganado.

Los titulares del día no paran de sorprenderme “¡Nos vamos a canarias!” y debajo un hombre con dos dientes en la encía superior y barba descuidada de unos tres días rodea con su brazo el cuello de su presumiblemente esposa, una mujer cuyo anacrónico y alborotado peinado compite en sobresalir con unos ojos llenos de ilusión. Ha tocado el gordo. Leyendo la noticia empiezo a odiar el periodismo. Es sutil, casi imperceptible pero el destilado de las líneas resuena un poco al “alabare” de la iglesia pero con el estado como protagonista. “Nus vamoh a laj Canaria, y dejpué noh miraremo un pijico” escucharé después de boca de los mismos protagonistas en las noticias. En la siguiente página un camionero, nuevo héroe nacional, repartió el número premiado a 400 kilómetros del lugar donde se vendía… una proeza en tiempos de crisis. En la siguiente columna destacan que el PP repartió la suerte entre sus afiliados, esos que diga lo que diga el líder tienen por amen su voto. Le  sigue una larga lista de fotos de cavas descorchados e infelices que taparán agujeros. Llego a la pagina ocho (el periódico tenía solo 18 páginas, era el 20 minutos) donde se anuncia por enésima vez la empresa que te ofrece todo lo que cualquier taller mecánico ofrece pero sin mecánicos: “tú mismo con tu gran sapiencia en mecánica puedes destrozar tu coche pero aumentar tu ego masculino hasta unos límites insospechados ahorrándote una pasta y poniendo en peligro al resto de ciudadanos que sin saberlo circulan contigo por las carreteras tranquilamente”. Con esto de la crisis y los recortes, merma del consumo y pánicos colectivos varios acabaremos operándonos a nosotros mismos para no pagar lo que será la nueva sanidad universal privada.




Pasando la página del infumable taller, que está por todos lados (como se notan los nuevos emprendedores: pasta sin dar servicio donde tú curras y él gana) y que, cómo no, tiene el anuncio con un corte periodístico intachable que simula a la perfección la estética de cualquier noticia real con la advertencia arriba en la esquina: publicidad. Llego a la información política, lógicamente mucho menos importante que cualquier otra. ¿Para qué vas a leer que un viejo conocido como de Guindos, que se ha forrado contribuyendo a la caída de Lerman Brothers y otros, dirige hoy la economía? ¿Para qué leer que Sáez de Santamaría, vicepresidenta del gobierno, la mujer con más poder en democracia de la historia, apenas tiene formación académica? ¿Para qué pensar que ha sido necesario esperar semanas tras las elecciones para conocer quienes dirigirán el gobierno y, sobretodo, que medidas pretenden tomar? ¿Para qué pensar que hostias votamos?

Se me hace tarde, voy a llegar dos minutos tarde (dos menos de sufrimiento). Me bebo el resto del café y encamino hacia el trabajo. Allí, mientras los clientes hablan de miles de euros como si de gominolas se tratara y unos y otros discuten sobre si los recortes se están sintiendo o no, coloco los vasos en el armario mientras veo como, en la televisión silenciada por la música atronadora y pedante, Cayo Lara y un famoso contertulio neoliberal discuten en un plató lo que podrían suponer los recortes. A su lado se encuentra un sindicalista venido a pseudopolitico-marioneta y dos periodistas más. Todo es un circo. De una u otra manera el verdadero pueblo, inmóvil, pacifico, acallado, sigue sin tener hueco mediático. De una u otra manera a gente como yo le es muy difícil mandar a tomar aire fresco a los que, como mis clientes, se rien de los derechos de los trabajadores en pos de unos dividendos que cada ejercicio son insuficientes para su expectativa de crecimiento.

Pasan las horas y corre el champan. Todos celebran sus borracheras navideñas a diez euros y medio la copita mientras alardean de sus vacaciones en Kenia viendo negros. Sin quererlo, y cuando resta menos de hora y media para cerrar me veo sumido en una conversación sobre economía. Un grupo de cinco necesita la opinión del trabajador medio sobre el impacto de los recortes y la responsabilidad de los políticos en la cesta de la compra. Como no me intimidan los encorbatados venidos a mas como ellos, comienzo a exponer uno tras otro lo que a mi juicio hace que el sistema capitalista no se sostenga por muchas medidas que tomen los políticos: ruptura del Gold Estándar, desregularización financiera, modelo económico no productivo y financiero… etc. En seguida llega el torbellino, las acusaciones de comunista, perroflauta, de que el quince eme es muy bonito pero no dejamos de ser unos niñatos aprendiendo lo que es economía… etc. La conversación sigue, bien hilada, argumentada, no dejándome intimidar y de cuando en cuando con la aprobación de uno de ellos hasta que llegamos al punto de inflexión. ¿Es que no todos somos iguales? No. Igualdad de oportunidades si, igualdad entre el que produce y el que no, NO. Claro yo me pregunto entonces para mí, pues no puedo llamar hijodeputa a un cliente de mi trabajo, si pensara lo mismo en caso de quedarse inválido en un accidente de coche o si tiene un hijo con retraso mental severo… o simplemente si pierde su empleo y no consigue otro debido a su edad. Porque luego son ellos, los hijosdeputa, los que piden del estado ayudas cuando sus negocios no funcionan para “sostener” la economía. 

 


Llegado este punto, y no teniendo nada más que hablar con ellos, le cobro y se van. Acabo de caer en algo en lo que no había reparado. Todo se mueve porque la gente compra. El mundo se basa en que alguien hace algo para que otro lo compre, así de simple. De repente una voz entrecortada y modulada por el alcohol me avasalla. Se dice indignado. Está harto de trabajar por un sueldo de mierda en una empresa que se dedica a calificar los paquetes financieros de otras empresas. Cobra 970 euros. Me pide un ron con cocacola de once euros y me suelta una serie de quejas y retahílas sobre porque los gobiernos no se dan cuenta de que deberían dejar de dar dinero a sanidad, educación y demás “tonterías” para aflojar la presión fiscal a las empresas y que así le paguen más. Dice tener un sueldo miserable. Por lo que me cuenta es hijo de un empresario que posee una cadena de perfumerías y cosméticos que acaba de vender a IF. Se ha forrado en la transacción. Sin embargo el no se siente afortunado ya que tiene que pedir dinero a su padre para comprarse el audi A4 coupé que conduce. Según el nada es sostenible. Todo lo que tiene el estado debe pasar a manos privadas para que él, cuando reciba su herencia, pueda invertir en sanidad o educación y así tener un puesto digno y no ese trabajo basura que tiene.  

Apenas me atrevo a contestarle porque con todas mis ganas le daría un botellazo en los dientes. Tiene un año más que yo, según cuenta vive en un piso pequeño en la calle autonomía del casi centro de Bilbao, conduce un A4 que aparca en un garaje que tiene alquilado y trabaja para una empresa de calificación en la que uno de los socios tiene tratos comerciales con su tío. ¿Qué nos diferencia? Demasiadas cosas. Pero es el más indignado del mundo. Se siente bien porque envía donaciones a ONG y da calderilla a los pobres cuando los ve pedir en las calles. Lo hace por pena según él, por una especie de “deber” que todo el mundo tiene con la sociedad. Para él eso es suficiente, la limosna es fundamental para que la gente salga adelante hasta que encuentre sus oportunidades. Por suerte para mí llega la hora del cierre, es el momento de que se vaya con su tremenda borrachera a otro bar a dar la murga a otro pobre camarero que tendrá que aguantar sus sandeces evitando partirle la cara.

Hora del cierre. Como es habitual últimamente cierro una hora más tarde de lo estipulado en el contrato porque el bar está lleno y mi jefe necesita hacer caja. Incremento de dinero del que no veré un céntimo pues ya he renunciado a cobrar esa hora extra… ya os explicaré próximamente. Mientras barro y limpio mi barra hago un pequeño resumen mental del día. A estas horas y analizando un poco lo que leí horas antes en aquel bar se me antoja la lotería a poco menos que una inocentada. Es como cuando a aquella iluminada se le ocurrió dar bollos y pasteles a un vulgo hambriento. Lo peor es que además los medios de información corean al unisonó esas pequeñas alegrías enlatadas que cincelan una sonrisa en los espectadores. Recuerdo ahora como muchas veces he escuchado eso de que en las noticias solo dan malas noticias. Y como cuando hay una buena, aunque sea ajena, alegra a todos. Seguramente nadie se ha planteado porque un sistema de salud garantista no previno el problema dentario de aquel hombre o porque un gobierno que gobierna por y para nosotros permite que esa gente tenga que pagar unos agujeros que sin la lotería no hubieran podido pagar. Nadie se pregunta al ver la noticia cómo es posible que los agraciados señalen el premio como un balón de oxígeno  tras dos años de paro. Nadie se preguntará hoy que pasa con todos aquellos que compraron una participación con la esperanza de que este año fueran ellos quienes aparezcan en las noticias. Quienes necesitan realmente ese balón de oxígeno para vivir. Nadie se pregunta hoy si es justo que en las fotos de los peperos agraciados aparezca gente que alguna vez ha sabido lo que es apretarse el cinturón. Hoy en definitiva, nadie se pregunta porque tenemos un ministro de economía que fue el presidente de Lerman Brothers España cuando se colpasó el sistema financiero con la caída de esta empresa.




Tras recoger y limpiar, cansado, hastiado de tanta superficialidad maquillada de intelectualidad prefabricada, me voy con mis compañeros a tomarnos una cerveza a un bar cercano. A tomarnos un soplo de aire y calma después de la jornada. Allí entre risas y tonterías propias del cansancio y la avanzada noche que nos contempla conozco a otra superindignada. Otra hija de alguno de los hijosdeputa que pueblan la zona esta noche. Resumiendo su historia, su padre había cerrado la empresa y con ella los contactos e influencias que tenía. Sin el puesto asegurado se había tenido que poner a estudiar. Su indignación se basa en preceptos simples y lógicos: quiere un puesto en alguna empresa con un contrato de lo que ha estudiado. Es lo que tiene haber estudiado un curso de administrativo en el INEM. Sin más títulos que la ESO, sin más valores que una presencia agradable, ropa bastante cara en apariencia y probablemente unas prótesis mamarias, se ha ganado a pulso un puesto de trabajo. Pero no contenta con eso cierra su discurso con una frase que pasará seguramente a la historia: “Antes en el Telepizza contrataban a los cortitos, a los que les faltaba un hervor. Ahora con la crisis hasta los normales tenemos que trabajar en esos sitios” “Es que ya no es solo el Telepizza, es que hace un mes me llamaron de una peluquería, para coger llamadas y barrer pelos que vaya su puta madre, para eso prefiero cobrar los 900 euros del paro y lo que me pasa mi padre”

 Poco más puedo aguantar ya. Creo que he copado mi límite de hijosdeputa diario. De camino paro a comer un sándwich en una tienda que regentan dos sudamericanos y que hacen el agosto vendiendo desayunos a los borrachos que entre comentarios xenófobos mendigan por algo para llenar su estómago. Ya en el metro y con el sabor de la mayonesa en la lengua leo que el ADN publica hoy su último número. Baja la persiana. Nunca me he alegrado de que un medio de comunicación cierre, sea del color que sea. Ya no es rentable. Día a día se van cerrando empresas. Hoy le toca a un periódico gratuito que por lo visto no encuentra anunciantes que sostengan las noticias diarias. Repasando lo ocurrido el día anterior miro en derredor, nadie está leyendo la carta del director que puebla toda la primera página. A nadie le interesa que cierren este periódico que ahora les está entreteniendo e informando camino de su trabajo. En el interior una noticia que ya ni me sorprende: En Corea creen que la ola de frio que sufren es consecuencia directa del malestar de la naturaleza por la muerte del dictador Kim Jong-il. Un hijodeputa menos en el mundo. Acompaña a la noticia las fotos de miles de coreanos llorando. Miro de nuevo alrededor, la señora que esta mi derecha lee el horóscopo, enfrente un señor encorbatado ojea los deportes. A su lado una joven de mi edad está leyendo la revista Quore. Al parecer no solo en Corea existe gente absorta por las informaciones que el sistema les proporciona.


sábado, 10 de diciembre de 2011

Kemen (Ánimo)



En vaso largo, de sidra, el café con abundante leche se agota frío y reposado. Es el segundo ya de otra mañana como será la de mañana y como fue la de ayer. No son ni las once pero el sol aún no me ha descubierto despeinado y con las legañas puestas a través de una ventana que da al patio interior. Esta mañana no se me ha acelerado el pulso al ritmo del estridente despertador mañanero. Tampoco me he tropezado, descalzo, con la esquina traicionera del pasillo en búsqueda del baño donde aliviarme tras el poco reparador sueño de entre semana. Así pues tras desperezarme largamente y obligarme un día más a rastrear la red sabiendo que no voy a encontrar nada me encuentro delante de estas líneas viendo como se están escribiendo solas. Como un grito ahogado que no sale de mis dedos sino que penetra directamente en el papel digital de un portátil al que la batería ya no le funciona encamino la ducha, al fin y al cabo sigo necesitando unos mínimos, y dejo que el ordenador continúe escribiendo sensaciones y pensamientos que no salen de mí sino que, rebotados de cinco millones de mentes, rebotan entre estas esquinas que me ven arrastrarme cada día.

    Son muchos los que como yo esta mañana nada tienen que hacer. Vivir. Quizá ese sea el problema. Algunos decidimos que nuestro trabajo formaba una parte fundamental de nuestros ocios. Así hoy, de vez en cuando, disfruto como disfrutaran en su época gentes de alto grado intelectual en exposiciones de arte y snob variado, de conversaciones interminables sobre nuevos conceptos del dolor, ética sanitaria o ideaciones propias de una mejor gestión sanitaria cuando, en torno a un café con leche y hielo, frikis como yo se dejan pasar las horas. Vivir fuera del trabajo. Quizá algunos tampoco sabemos lo que eso significa. Cuando pasadas las horas laborales aun pagamos por ir a cursos que no serán reconocidos o exprimimos la semana para escuchar la sabia visión de algún pobre diablo a punto de retirarse con la sensación de que poco más ha podido hacer para mejorar el mundo. Separar ocio y trabajo. Quizá también por eso la gente, los amigos, nos miran raro y de reojo cuando regalamos nuestro tiempo para realizar algo que en otras lides sería remunerado. Trabajar. Desde luego ese es el problema. Ver pasar las horas muertas por las manecillas de un reloj de pared sonrojado de tanto ser observado. La agenda antes copiosa y abultada, llena de marcas y tachones, de escritos al margen para cuadrar un horario pleno y empachado, ahora mira como una pareja de mediana edad mira al otro lado de la cama, esperando una pasión que ya no recorre por la piel al tacto.

Ya de nuevo en la habitación, secándome, voy leyendo lo que el ordenador ha escrito y caigo en la cuenta de que no soy quien para quejarme. En el fondo mi posición habría sido un privilegio desmesurado en una sociedad loca que nunca ha premiado el esfuerzo sino la gracia de unos pobres diablos que. sabidos de una realidad aplastante, alimentan cada día una rueda que no cesa. No es que fuese yo una de esas personas orgullosas de no nutrir la maquinaria que nos está devorando y que hoy miran desesperanzados cómo, por mucho que gritan, siguen sin ser escuchados. Simplemente siempre me he conformado con una vida simple en cosas pero rica en conceptos. Labore si, pensare sobre todo. Sin gastar demasiado conseguía un rendimiento personal mucho mayor. Lógicamente mi trabajo en el hospital ayudaba. Con una carga laboral excesiva y un estrés agobiante pero que bien remunerado y con un horario asequible para alguien con mis veinticinco años, me dejaba un amplio margen de maniobra para soltar las bridas a mis inquietudes y que estas me llevaran allí donde el viento de la curiosidad soplase. 
 
Me acabo de sentar en la silla donde antes me esperaba el café y me he dado cuenta que me he vuelto a poner el pijama. Definitivamente no saldre a la calle. Podría enriquecer mis horas, dispongo del tiempo que tanto he clamado por tener, pero no sé hacerlo. Es realmente curioso como tardan las energías vitales en hacer acto de presencia cuando se tiene todo el tiempo del mundo y como aparecen de súbito, tras oler el café mañanero cuando tienes cronometrado el tiempo de pestañear. ¿Será que mi educación, subproducto manufacturado de esta lógica capitalista-productivista, hace que mi comportamiento y ánimo se desvirtúe? Mi situación dista en mucho de la realidad que por las calles puebla las aceras y, cómo no en esta cultura tan rica, los bares. Esta navidad serán muchas las familias que celebraran el nuevo año brindando con agua extraída de alguna fuente cercana para ahorrar. Sin embargo y salvando las distancias, comienzo a entender aquello que se repite una y otra vez en las asambleas ciudadanas: los parados no se movilizan y son los que más razones tienen. 



Durante este mes y medio que no he trabajado mi ánimo y ganas de emprender acciones ha ido mermando progresivamente a la misma velocidad con la que mi cerebro ha dejado de distinguir un día de otro. Los días iguales, las mismas rutinas, las búsquedas en infojobs que no llevan a nada, los cursos de “reciclaje” donde se lucran los mas pillos y pagan los mas ansiados de emprender el viaje hacían un nuevo rumbo laboral en cuyo horizonte se ven los mismos nubarrones negros que ya han visto antes en horizontes propios. Termina por agotar. ¿Por qué no aprovechar para estudiar idiomas? ¿Para ir al gimnasio? ¿Para leer? Todos tienen soluciones pero la realidad es la misma… la agenda, gastada por el uso, ahora coge polvo. Y no es que uno no quiera, no es cuestión de conformismo, es que después de muchas decepciones tras atisbos de entrevistas de trabajo merman la capacidad de calentar motores y pisar el acelerador a fondo. Supongo también, que la desesperación de ver unos niños en casa que, sin saber aun que pasa en el paralelo mundo de los mayores, siguen demandando atenciones y cuidados que, aún no siendo caros, agrietan el ya de por si ajustado presupuesto.

Con los ecos de tantas voces sobre mi cuarto y sin ganas de hundir el ánimo de quien lea, decido arrastrarme hacia la cocina para hacer inventario y reponer una despensa que no entiende de desempleo. De pronto suena el teléfono. Son las once y media y es un número oculto el que me requiere al otro lado del pasillo. Con ansia corro a descolgar. Por fin en alguna de las muchas empresas se han acordado de mí. Será un trabajo corto, de periodo vacacional, suficiente para desempolvar habilidades en proceso de oxidación. Cuelgo el teléfono airado. No quiero cambiarme de compañía telefónica. He pagado mi desilusión con un teleoperador que necesitaba un cliente más para llenar el cupo de la semana, para no ser despedido, que no tiene la culpa de lo que al otro lado de la línea sucede. Que fácil hubiera sido hacerle la agria mañana algo más sencilla. Ojalá tenga suerte la próxima vez.

Termino el inventario pero no quiero salir a comprar. Aun me quedan macarrones que con agua y sal comienzan a ser parte habitual de una dieta que cada semana pierde enteros en complejidad. No por falta de economía sino por desanimo en la cocción. Que más da agradar un paladar que es el propio. Hasta la comida se ha vuelto perezosa, ya solo cumple la función nutritiva que, con todo, es la única esencial. Es horrible la sensación de hambre cuando el mayor esfuerzo que se hace es recorrer el largo pasillo para sentarme en el sofá y encender el televisor.

Una nueva llamada. Son las doce, el clásico horario comercial presagia algo bueno. No me quiero ilusionar puede ser cualquiera. Tantas posibilidades hay de que sea mi madre como recursos humanos de cualquier hospital o clínica aunque, ahora que lo pienso, en número son más las clínicas y hospitales que familiares que ahora mismo no trabajen. Es un amigo, también en paro.
-          Buenas ¿echamos una caña en la bar de abajo?
-          ¿Ahora?
-          Bueno o sino en un rato… ¿tienes algo mejor que hacer?
-          Es que… bueno…- De repente miro el taco de cincuenta curriculums que repartiré de nuevo a la mañana siguiente. Como cada semana.- No me apetece mucho la verdad. ¿Viene alguien más?
-          Eres el primero que llamo pero fijo que alguno más se acerca. Ya sabes cómo son… unas cañas, son unas cañas
-          Bueno… no me apetece nada la verdad. ¿Vas a hacer algo esta tarde?
-          Lo de siempre, pásate por la lonja y echamos unas plays
-          Bueno, ok. Hablamos sino por facebook luego. Adios.
           

             Cuelgo sin saber muy bien donde dejar el móvil. Los curriculums me miran con los ojos de un niño que quiere bañarse en la piscina nada mas comer. Imploran actividad. Los cojo como si quisiera calcular su peso, su tacto. Repaso sus líneas comprobando de nuevo si hay faltas de ortografía o erratas. Quizá deba salir ahora y comenzar a buscar nuevos sitios donde entregarlos. Quizá mejor mañana, nadie me va a llamar ya hoy.

martes, 22 de noviembre de 2011

Volver

 

Cuando una persona marcha lejos de su casa, de su hogar, de su gente lo normal es que la vuelta sea un hecho como mínimo ansiado, querido o ilusionante pero no siempre es así. Quizá esa sea la diferencia entre quien se marcha cual turista de mundo, de quien se marcha para interiorizar las experiencias que vive y trata de que lo vivido irrumpa en su interior para trasformar todo pensamiento establecido. No trato de erigirme como mejor de todos aquellos que me acompañaron durante estos meses y que al igual que yo, tuvieron que volver, solo digo que regresar no ha sido fácil para mí.

Escribir estas líneas ha sido un pequeño reto durante este tiempo. Bien podría haber tirado de textos almacenados para mantener vivo el blog pero lo cierto es que al releer estos poco tenían que ver conmigo. Es como si el ciclo no se hubiera completado del todo hasta mi regreso y el que escribía desde Finlandia poco tiene que ver con el que hoy recorre las calles de su barrio natal. Podría haber escrito cosas banales para mí, pero conseguir expresar las sensaciones de estos últimos tres meses era una deuda que tenía conmigo y con quien solía leer este blog. Es curioso como hasta hace nada la necesidad de escribir (esa que tengo desde que era adolescente) la había conseguido acallar, mas por miedo que por ganas, hasta llegar a un punto de insostenibilidad que me ha hecho vomitar aquí lo que tanto tiempo llevo guardando. Comenzaré por el principio.

Finlandia fue para mí como la tierra prometida. En realidad me hubiera dado igual que fuese este país o Suecia o Dinamarca o Australia, lo importante en cierta forma era conocer otra realidad alejada de esta cultura ibérica-cristiana-latina-vasca-llámese-como-se-quiera. Tenía claro hacia qué tipo de cultura huía. Una vez más oía, y esta vez en boca de todos mis conocidos, lo que llevan repitiendo mis padres desde que tengo memoria: volvía a nadar contracorriente. Y eso se palpaba en cualquier conversación. Pocos eran los que me animaban sin reparos, la mayoría me recordaban el frío que iba a pasar, lo carísimo que era todo y la poca fiesta que me iba a encontrar. Todos repetían cual loros programados que qué mejor fin de carrera que terminar mis prácticas en Italia o algún país ex satélite de la URSS donde los precios están tirados y el alcohol prácticamente lo regalan. No me voy a poner aquí en modo intelectual y nerd, me he pegado buenas fiestas en Finlandia, pero lo que he ganado como humano-ciudadano no lo hubiera logrado pasándome la mitad de mi estancia borracho dando tumbos de habitación en habitación con el concepto ebrio de la interculturalidad. Al final la sensación que se destila de las palabras de los que me rodeaban eran clichés establecidos tipo “como aquí no se vive en ningún sitio” “esa gente es muy fría, trabajan mucho pero no saben disfrutar de la vida, normal que se suiciden tanto” “te vas a deprimir sin ver el sol tanto tiempo, busca algún latino por ahí que sino poco te vas a animar”.

Cierto es que lo pasé mal las primeras dos semanas como sabréis los que seguisteis este blog desde su inicio, pero no menos cierto es que la sociedad y cultura que se presentaba ante mí era tan extraña como estimulante. No voy a negar cosas obvias: hacía frío, apenas veía el sol y de inicio no son muy dados al contacto humano. Poco después descubres que el frío es mucho menos limitante en la vida diaria de lo que parece. Descubres que la lluvia es mucho mas incomoda que las temperaturas bajo cero y que no es que no tuviesen contacto humano, es que lo entienden de forma distinta. Poco a poco fui aprendiendo a apreciar las bondades de una cultura tan diferente y a comprender que otros planteamientos de vida pueden no solo ser viables, sino más factibles. Con todo esto en la mente y cuando comenzaba a sentirme relativamente integrado en el panorama finés, cuando comenzaba a entenderles llegó el día de volver y con ese día la certidumbre. 

Si bien el panorama que planteaba frente a mí el movimiento 15M y volver a ver a mi gente hacía que la vuelta fuese cuanto menos estimulante, el miedo a revivir la sociedad de la Jenni Reshulikah hacía que solo saberme de nuevo en casa de mis padres fuese una desazón superlativa. Todo estaba igual. La gente, cual maniquíes en la trastienda de un comercia apenas había cambiado. Todo seguía igual, estático, permanente. La gente continuaba su misma rutina sin apenas modificaciones. Algún comercio más en liquidación, otros tantos que ya habían cerrado, las cifras del paro más altas que nunca y mis convecinos recluidos, al igual que antes, en sus bares de siempre.
-          Hombre ¿Qué tal?
-          Bueno como siempre, pocas cosas cambian. ¿Y tú qué tal? Cuanto tiempo sin saber de ti.
-          Es que he estado en Finlandia
-          ¿Qué dices? ¿Finlandia?.... ¿Mucho frío no?


Volvía una vez más al país de la Belén Esteban, del Barça y el Madrid, del paleta y el camareta. Sin embargo en convivencia perfecta, como las setas tras las semanas lluviosas, surgían elementos nuevos e imaginativos que alteraban el modus vivendi tradicional. Algo había nacido entre la gente que hacía que extraños se juntases y hablaran. Es como si la sociedad siguiese su perpetuo camino hacia la apatía más absoluta y nuevas gentes surgidas de a saber donde, de pronto y sin previo aviso conectaban conmigo de manera más profunda e íntima de lo que había hecho hasta entonces mucha otra gente. El 15M no había transformado al país como me esperaba, simplemente había hecho florecer frente a mí caras nuevas, mentes despiertas y discursos, que sonando a temas pensados y retrabajados en silencio, llegaban a mis oídos frescos y con olor a tostadas de domingo por la mañana. 

El día amanecía de nuevo, como por segunda ocasión en una misma mañana, pero esta vez no era el primero en despertarme. Esta vez compartía el desayuno en una terraza con desconocidos quienes, divertidos con la escena, disfrutaban tanto como yo del sol emergiendo entre los claros de nubes que nos difuminaban las montañas.


domingo, 3 de julio de 2011

Loppuun ... Mitä nyt? (El fin… ¿ Y ahora qué?)



                En esta vida todo, absolutamente todo, tiene un final. Nada es eterno, infinito ni dura para siempre. Mi experiencia aquí no iba ser menos. Sin embargo esta vez no he sido yo el que desgastando los zapatos del Erasmus ha llegado al final del camino… Finlandia se ha acabado sola, así misma. Agotada de tenernos y enseñarnos parece que se ha consumido en nuestras narices dándonos un final advenedizo y prematuro. Desde que se fueran las nieves y los vientos del sur trajeran temperaturas primaverales, a golpe de despedida de unos y turismo de otros, diluimos nuestro recién adquirido espíritu fines hasta un punto que era difícil saber si nos comportábamos como integrados o como acogidos. Por un lado los lugareños en plena campaña de exámenes se relacionaban menos y por otro, íbamos terminando nuestras obligaciones lectivas por lo que tampoco asistíamos a las clases o prácticas. Así que en eso de involucionar a un estado de Erasmus recién llegado, el país se nos consumió hasta tal punto que a dos semanas de irnos nada de nuestro entorno se parecía a lo anterior. Las gentes, las caras, las risas y hasta los olores eran diferentes. Las terrazas de las calles se llenaban y hasta se veía gente paseando, las cenas se alargaban y se apuraban unos días que de tanto consumirlos apenas dejaban espacio que la noche se dejara ver. Todo fue cambiando a pasitos cortos pero constantes. Tanto que para cuando despedimos a las catalanas, al mirar atrás y casi no reconocer nada, apenas nos entristeció despedir a la checa.

               Despedirla fue casi un trámite. Teníamos todos tan asumido que nos íbamos sin remedio, que nada nos retenía, que nadie se afligió. Nadie salvo ella. La pobre tuvo que aguantar a lágrima viva como uno tras otro, cual cura en un entierro, le repetíamos que no había que llorar por marcharse sino alegrarse por lo compartido. Como también en los entierros al cura, Sabine nos dedicó una penétrate mirada de qué coño me estas contando. Ni que decir tiene que ella fue una de las personas más importantes para mí aquí. Para lo bueno y para lo malo. Casi tantas veces me dieron ganas de estrangularla como de pedirle matrimonio pero de una cosa no cabe duda: era el alma de la fiesta. Desde que se aprendió cuatro frases básicas en castellano (que repetía cada vez que podía) se ganó a cada uno de nosotros. De esta forma bastaba oír en acento como eslavo un ¡A la puta calle! que todos, hasta los que no hablaban castellano, sabíamos que se iban fuera a fumar.

                Así pues, nos quedamos tres interminables días Iván y yo solos. Unos días que han servido para recordar y hacer balance de cómo llegué y de cómo me voy. Porque me marché de la piel de toro casi huyendo. Largándome de la sinrazón latina, de sus desmanes y desvaríos. De lo que acostumbramos a llamar país de pandereta. Dejaba así el país del paleta y camareta, del Madrid o el Barça, de la Esteban o la Campanario para sumergirme en un país al que consideraba de primer nivel en todo. No es que me fuera a descubrir las “maravillas de de otros mundos” más bien a alejarme del borreguismo, chabacanería, ni-nis, canis y jennys. Allí donde los niñikohs reshulones no ganan dinero a espuertas en platós de televisión conquistando a unas jennys xulikahs que su mayor mérito fue rozar la bulimia sin sufrirla y siliconarse los restos. Donde tampoco élites intelectuales como Ana Rosa o Jorge Javier son juez, jurado y verdugo de otros tantos infelices y cuyos subproductos colaboran en generar flujos de opinión tan influyentes que podría modificar la intención de voto del borrego populacho.

                Es por esto, y por otras muchas cosas, que estoy encantado de haber vivido aquí. En estos días de reflexión me he dado cuenta de la ingente cantidad de cosas que he aprendido de este país. He encontrado aquello que vine a buscar. Tampoco es que sea el paraíso pero ver que otra forma es posible consuela. Por supuesto no todo ha sido perfecto. Finlandia tiene cosas malas que ya os contaré pero esas cosas también me han servido para aprender algo muy valioso: nuestro país también tiene cosas geniales. Nos sorprendería saber los conceptos sobre sexualidad, religión o justicia social que tienen otros países. En ciertos aspectos se podría decir que al menos un sector importante de nosotros tenemos un pensamiento mucho más avanzado que los escandinavos y otros países. El problema de de todo es que se ha terminado demasiado pronto, el banquete ha terminado cuando apenas comenzaba a saborear los primeros platos y muchas cosas se han quedado sin ver, entender o aprender. Más bien yo diría que para cuando conseguí entenderles y, así, mimetizarme en su mundo llego el final.

                Así que ahora en pleno vuelo de regreso solo hay una pregunta que me revolotea la cabeza sin cesar ¿Y ahora qué? Mi futuro cercano lo tengo resuelto pues me han contratado en un hospital de mi ciudad pero ¿Seré capaz de readaptarme al borreguismo? ¿Me acostumbraré a estar rodeado de veintegenarios? Y no sólo eso. En cuanto al trabajo se me antoja difícil volver a participar en un sistema de salud donde el médico apenas habla con el paciente y con la enfermería su aporte más constructivo es ¿Hay café hecho? ¿Podré acostumbrarme a que nadie escuche a nadie? ¿A no reunirme semanalmente para plantearnos como mejorar el trabajo diario? No quiero parecer pesimista ni extremista pues, en realidad, una parte importante de mi está deseando volver para estar con mi gente, pero esa parte también es consciente que ese deseo es solo temporal y, tarde o temprano, cesará y divagará en busca de retos más estimulantes. ¿Podré acostumbrarme a apagar el cerebro? ¿Seré capaz esta vez de nadar a favor de corriente y comportarme y pensar como se supone que hace el resto de la manada?

                De pronto y cuando empezaba a dispersarme más y más, un innecesario, enorme y eufórico aplauso me devuelve a la realidad. Hemos aterrizado. Minuto y medio más tarde el señor que se sentaba a mi lado se levanta de un salto y a empujones se hace un hueco para coger su maleta del compartimento superior mientras a gritos, por el móvil, le dice a algún familiar que había ya estaba en el aeropuerto. Ahora sí que no me quedan dudas, he vuelto a la península.