Hika nació a los 26 años y algunos meses de edad, se miró al espejo con
los ojos llenos de legañas, barba de desaliñada de demasiados días, peinado aún
por determinar y olor corporal de vertedero. Se miró con aire lastimero y sin
pensarlo demasiado se puso nombre Hika Thoreau -> /ika Ɵuró/ -> [Ika Zuró]. Así, sin
sentido alguno, ni argumento necesario inició su vida y, para ello, el primer
paso era matar al viejo Asier que le servía de soporte óseo pero sobretodo
graso. Así podría definirse un poco como de pronto, tras defecar ampliamente
sobre el recuerdo del año 2012, y sin razón aparente decidí que era el momento
de renacer cual ave Fénix. No lo voy a negar, desde entonces hasta ahora he
dicho demasiadas veces eso de “este va a
ser el primer día del resto de mi vida” sin embargo ahora, todo esto tiene más
sentido que nunca.
Y
es que los nombres son importantes, nos definen o nos enmarcan en el entorno, delimitándonos
y describiéndonos al mismo tiempo. También, en cierta forma, nos limitan. Esto
no quiere decir que yo deje de ser Asier, ni que reniegue del mote “Txusti”, es
simplemente que yo no elegí esos nombres sino que me fueron impuestos. Remarcan
unas cualidades intrínsecas de mi desarrollo pero también configuran unas
limitaciones que ya no quiero tener. Y no, no tengo doble personalidad ni tengo
la intención de que por la calle la gente empiece a llamarme Hika, simplemente
quiero desencorsetarme de quién soy y quien la gente espera que sea para, por
primera vez en mi vida, ser quien quiero ser. Porque hoy más que nunca lo
necesito.



